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Cuentos y novelas de la Patagonia
Creaciones de Cristian Lintz de Bonín
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12 de Mayo, 2008    General

Patagonias: El velo de maya. Una historia de ciencia ficción. Nouvelle

 

Patagonias:

El velo de maya

Una historia de ciencia ficción

 

 

 

Cristian Lintz de Bonín

 

_________

 

 

Registrado en Expediente Nº647289

Dirección Nacional del Derecho de Autor

 

 

 

 

 

 

 

            “La vista del individuo está enturbiada, como dicen los indios, por el velo de Maya…”

 

Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación

 

 

 

 

 

Capítulo Primero

 

         Jueves 8 de noviembre, 2007. 23:40 hs.

 

         — ¡Mamá, mamá! —exclamó la niña, mirando por la ventana del departamento.

         — Y ahora qué pasa, Flo —respondieron desde la cocina, con voz cansada—. Mirá que YA te vas a dormir, es tardísimo; andá a lavarte los dientes.

         — ¡Vení! —continuó la hija, imperativa— un tipo todo blanco salió de la casa de Gladys.

         Esta vez la madre hizo caso y se acercó, curiosa, a la ventana, para espiar por la cortina la calle dos pisos ahí abajo.

         — Qué decís, yo no veo a nadie.

         — Y claro, si demoraste un montón —le reprochó Flo—, ya se fue. Saltó el cerco del patio y cruzó rápido para allá. Iba todo de blanco, con casco, como en Camaradas de Marte.

         Al escuchar esto, el papá también vino desde la cocina y miró. Gladys acostumbraba mantener abierta una de las cortinas de su casa, aún de noche; y ahí se la alcanzaba a distinguir en la penumbra, sentada en el sofá mirando televisión; nada parecía anormal.

         — ¿Estás segura que viste salir a alguien? —preguntó él, escéptico— ¿de blanco con casco? ¿y la moto?

         — ¡Qué sé yo! pero lo ví, segurísima —afirmó la niña, con la mayor convicción.

         En la calle no se veía un alma.

         — A lo mejor era... ¡un fantasma! —cambió de tono el papá, burlón.

         — ¡Mamá! decile que no se burle, yo sé lo que ví ¡no miento!

         — Bueno, bueno —la aplacó la madre—. Andá a lavarte los dientes, que es tarde y mañana tenés escuela.

         La hija se fue al baño, no muy conforme. Una vez que el matrimonio se quedó solo, él volvió a inspeccionar con ojo crítico la calle y la casa de la vecina.

         — Che, ¿no que su compañero Ricardo se fue ayer a un congreso del Partido a Buenos Aires? —preguntó sonriendo, con doble intención.

         — Qué decís tarado. Si Gladys es una santa —replicó ella.

         — ¡Ja! a otro con ese cuento; ¿no dijo Flo que el tipo este saltó el cerco? ¿eh? "saltó el cerco" —enfatizó él.

         — Pero callate, bocasucia, te pensás que todas las vecinas son como las atorrantas con las que vos andabas... —se fue la esposa, algo indignada, de vuelta a la cocina.

         El marido contempló una vez más aquella ventana, donde se adivinaba a la joven vecina... desperezándose satisfecha, se le antojó fantasear.

         — Preguntale mañana cómo se llama su pata'e lana —concluyó, socarrón, para mayor escándalo de su mujer, que le devolvió un improperio ininteligible mientras lavaba los platos.

 

         Viernes 9. 02:15 hs.

 

         El doberman ladraba a más no poder. Don Eusebio, teniente retirado, acabó de despertar y prendió la luz del velador: eran más de las dos. A su lado, como siempre, su señora dormía imperturbable.

         Se calzó las pantuflas y recorrió la casa sigilosamente, a oscuras, prestando atención al menor ruido que resultase sospechoso. Finalmente miró al patio; ahí se encontraba Coronel, encadenado junto a su cucha y fuera de sí ladrando hacia la vereda. Entonces reparó en que su enterito marrón en el cordel, un poco más allá, había desaparecido.

         Salió así como estaba, furioso, empuñando su arma. Estaba todo desierto.

         — ¡Pendejos de mierda! —gritó, esperando que los culpables alcanzaran a escuchar, estuviesen donde estuviesen de lejos.

         Ya se iba a enterar mañana el compañero Delegado. Iba a soltarle unas cuantas en el Comité Barrial, por no haber enviado también a esos vagos al Voluntariado de la campaña agrícola; ¡ahí sí se iban a hacer los piolas!

         Antes de entrar, apuntó al perro con el Kalashnikov, amenazante.

         — ¡Y vos callate, boludo, no servís para nada!

 

         08:10 hs.

 

         Alta en el cielo / un águila guerrera...

         Todos los alumnos, de blanco y boina celeste, entonaban con energía con la mano derecha sobre el pecho, perfectamente formados mientras la bandera era izada muy lentamente. Alguno que se atrevió a mirar al costado fue inmediatamente reprendido por su maestra.

         El portero esperó la pausa y, antes que arrancaran de nuevo con la Latinoamericana, llamó a la vicedirectora aparte, quien, sorprendida, lo siguió: debía ser algo importante para importunar así a un directivo en pleno izamiento; de todas maneras, era el compañero Delegado escolar, así que siempre tenía la última palabra.

         En el baño de compañeros varones había rastros de sangre en el piso y los lavabos.

         — ¡Por Dios, qué pasó! —exclamó alarmada la vice.

         — Esto fue anoche, yo dejé todo limpio ayer —comentó el portero, preocupado; señaló los pequeños ventiluces— y no me explico cómo pudieron entrar; ninguna puerta o ventana estaba rota.

         — ¡Es un horror! ¿quién puede ser tan desgraciado para pensar robar en una escuela? hay que llamar a la policía.

         — Sí... —el portero se rascó la cabeza—. Lo raro es que no se robaron nada; en la sala de computación parece que ni entraron.

         — No toque nada y que nadie más entre, que voy a llamar a la Seccional.

 

         Lunes 12. 09:15 hs.

 

         El sereno nocturno del Supercoop miraba perplejo la grabación de las cámaras de seguridad de los sectores alimentos e indumentaria.

         — No... no sé, qué quiere que le diga, no sé qué pasó; —y mirando a los demás— yo estuve aquí, atento como siempre...

         — Está bien, está bien —le tranquilizó con una sonrisa el jefe de personal—; fueron sólo diez minutos, que se fue usted al baño, ya lo chequeamos.

         — ¿Y cómo es que no sonaron las alarmas del perímetro del edificio? —inquirió escéptico el cabo Painemil, de la policía—, ni cuando entró ni cuando salió el ladrón.

         — Es un misterio —se dio por vencido el jefe de personal—; sólo yo y el compañero gerente las podemos desactivar, cuando llegamos a la mañana.

         El sereno parecía himnotizado, pasando una y otra vez las grabaciones: eran cinco minutos donde se veía a un individuo a cara descubierta, y sin barba, vestido con un enterito marrón común, echando en un carrito de compras alimentos de todo tipo y algunas prendas de vestir; luego se metía en el depósito, que estaba oscuro, y ya no volvía a aparecer.

         El jefe de personal levantó las manos, impotente.

         — ¿En qué momento salió por el garage a la playa de estacionamiento?

 

         Martes 13. 14:15 hs.

 

         El motor del auto arrancó con mucha dificultad, y Tano Dante Albareti se tuvo que convencer del veredicto que le dio su mecánico hacía una semana: ya era hora de cambiar el viejo Córdoba Rural por algo mejor. Pero más fácil decirlo que hacerlo. No por cuestión de dinero claro; con el Hipotecario Popular hasta podía sacarse un cero kilómetro a pagar en diez años, como venía insistiendo Claudia desde hacía rato. El problema era que se había encariñado demasiado con ese celeste y blanco, con su sol argentino en bronce en la punta, a imitación de los desaparecidos Mercedes, que Nación les adjudicó cuando se casaron.

         Salió de la playa de estacionamiento de la Municipalidad y bajó por Avenida Argentina. Recordó que debía pasar por casa de sus viejos a ver el problema del tanque de agua así que tomó por la 22 a Valentina Sur, pasando frente a la Concesionaria Nacional y a la Lada, donde se exhibían modelos para todos los gustos. No sería mala idea sacarse un cero, pensó, ahora que los veía ahí, tan relucientes; y ahora que llegaba fin de año... Sí, le estaba gustando la idea de irse de vacaciones en coche nuevo; pero cómo costaría despedirse de su querido Rural.

         Sus padres, ya jubilados, no poseían auto, y no lo necesitaban. Tenían colectivo y tranvía a una cuadra, y el servicio médico del PAMI a domicilio cuando lo necesitasen. Ahí se hallaba don Enzo, cortando el pasto de la entrada.

         — Qué hacés, viejo —saludó Tano al bajar del vehículo—. Te vas a cocinar la cabeza ahí, sin sombrero; ¿no podés esperar a la tardecita?

         — No me rompás las bolas —fue el amable y previsible saludo del padre—. Ya era hora que vinieras a ver el tanque; a ver si me puedo bañar de una vez.

         — Y viejo, qué querés, de la Muni no salgo hasta las dos; ¿por qué no lo llamaste al Pancho?

         Don Enzo hizo un gesto despectivo.

         — Qué. Ese boludo no sabe hacer una mierda; para hacer cagadas prefiero que las hagás vos. Si no fuera por la puta columna ya tendría yo arreglado todo. —Y cambiando el tono de voz— : ¿Ustedes cómo andan? ¿los chicos?

         — Bien, los pibes tenían fútbol, y las nenas practicando para los Torneos Sociales; y Claudia no fue a laburar, se quedó con Tito que estaba con fiebre. ¿Mamá?

         — Ahí está, como siempre, con la novela de mierda esa, ¡dos horas! —enfatizó—; ya me tiene los huevos llenos, con la Ninoshka y los padrecito acá y padrecito allá; ¿por qué te creés que me salí para afuera a esta hora si no?

         Dante sonrió, comprensivo. Era el tercer año consecutivo del insufrible bodrio La familia Plushenko, que daban justo cuando él llegaba a casa; y Claudia monopolizaba el control remoto todo ese tiempo, que coincidía con el almuerzo tardío.

         — Hola mamá —saludó al entrar, rascándose la barba.

         En la cocina, doña María agregaba agua de una olla a la pava. El Canal Centinela estaba con la primera tanda comercial.

         — Hola hijo, cómo estás, ¿y en casa? —saludó, tomando el tarro de yerba.

         Albareti repitió la información familiar, omitiendo lo de la fiebre de Tito, por supuesto.

         La mamá asentía, y cuando terminó de cambiar el mate, dijo en voz baja:

         — Hablé ayer de vuelta a Madrid, no aguanté —miraba a todos lados, con aire conspirador—; no le vayás a decir nada a tu padre.

         — Pero mamá, cuánto te va a venir de teléfono después.

         — Y bueno, es mi hija también —se justificó—, y ahora que vienen...; ya les confirmaron, así que a Neuquén van a llegar el veintitrés.

         — Justo para las fiestas, qué bueno —se alegró Tano—. Ojalá no les toque el vuelo de la madrugada; te comés un garrón en el aeropuerto hasta las seis.

         Doña María frunció el ceño.

         — ¿Con los chicos hasta que se levante el toque de queda? pero a vos te parece hijo, con qué necesidad tienen que volver a meternos en líos; cuando no era por una pavada fue por otra, y ahora la Aspiración Mauísta...

         La una pavada había sido la brutal represión a los Traidores a la Patria, la otra, las expropiaciones a la Oligarquía Imperialista.

         La Conspiración Maoista —creyó Dante oportuno aclarar—.  Mamá, no empecés, que los Compañeros Comandantes...

         — ¡Vos y tus Compañeros! todo política, pura propaganda, cuándo van a empezar a hacer las cosas como Dios manda.

         En la televisión sonaron las trompetas épicas de La familia Plushenko, y doña María terminó de hacer un gesto mezcla de fastidio y resignación y se fue a instalar con sus mates en el sofá. En la pantalla apareció Vasili, el malo de este año, yendo a todo galope a cometer más fechorías.

         Albareti se sentía descorazonado. Su madre siempre manifestaba disconformidad con el régimen cuando hablaba con él, funcionario menor del gobierno municipal, pero al parecer la opinión política no contaba cuando se refería a Carla, la estrella de la familia, brillando en la diplomacia, ahora en la embajada de España.

         Subió las escaleras y se metió en el altillo.

         Le costó sacar la pesada tapa de fibrocemento del tanque de agua, pero después del esfuerzo tuvo a la vista un panorama de la situación, con el flotante ahí atascado, impidiendo que entrara agua a un depósito ya vacío. Cerró la llave de paso y desarmó el mecanismo; sí, tendría que cambiar una pieza, así que bajó con el flotante para llevarlo a la ferretería.

         — Vengo en un rato, ma —dijo, enseñando el flotante—; tendré que esperar a que abran los comercios. Me voy a almorzar.

         Doña María hizo un gesto displicente, sin desviar su atención de la pantalla. La rubia Ninoshka hablaba con otras mujeres del pueblo, y con una pose sospechosamente parecida a la estampa del famoso Lénin, señalaba acusadoramente  la casa del malvado Vasili, quien, como la temporada ya terminaba, seguramente estaba a punto de pagar todos los crímenes que había cometido en su año de protagonismo televisivo, cuando los obreros, campesinos y soldados de la comarca se volvieran a levantar contra el yugo opresor, como invariablemente terminaban últimamente todas las telenovelas soviéticas.

         Don Enzo se preparaba una limonada con agua fría de la heladera. Tano le comentó cómo venía el asunto del tanque y se despidió.

         En la vereda se topó de bruces con un individuo. Y se encontró a cinco centímetros mirándole el rostro sin barba.

         Esos ojos.

         La aparición dio un grito, y Albareti horrorizado soltó el flotante y cayó de espaldas, golpeándose la cabeza. Ahora estaba todo oscuro y en la nariz sintió ese aire desagradable como si le fuera a sangrar, aunque eso no ocurrió. Unas manos lo tomaron por los brazos.

 

 

 

 

 

Capítulo Segundo

 

         Martes 13 de noviembre, 2007. 14:50 hs.

 

         Faltaba una cuadra para llegar al hogar paterno, y Tano no sabía qué se iba a encontrar. A medida que se acercaba, sus pasos eran más lentos y su corazón más veloz.

         La casa seguía ahí, y le pareció alcanzar a ver a alguien que entraba y cerraba la puerta. A su vera se hallaba estacionado un auto celeste y blanco con un ostentoso sol de bronce en la punta.

         ¿Qué hacer? ¿pasar de largo, o directamente tocar el timbre y preguntar quién vivía allí ahora?

         Decidió ser cauto y hacer una primera y lenta aproximación, mirando furtivamente las ventanas mientras caminaba por la vereda hasta la esquina, y allá...

         Se abrió la puerta de golpe justo cuando pasaba, y casi choca con un sujeto de barba que llevaba en la mano un flotante de tanque de agua.

         Al levantar la vista se encontró mirando su propio rostro. Dante Albareti se topaba, frente a frente, con Dante Albareti.

         Gritó de horror ante la inconcebible, espantosa situación. Su sosía se asustó aún más con ese grito y cayó hacia atrás al suelo.

         Tano retrocedió hasta quedar contra el coche, mientras el otro parecía estar inconsciente. La puerta de la casa se volvió a abrir, pero Dante no esperó a ver quién venía ahora y huyó. Escuchó a sus espaldas un "¡eh!" imperativo, y miró un segundo mientras seguía corriendo: vio a don Enzo, su padre, inclinándose sobre el caído para alzarlo.

         Sólo después de varias cuadras recordó que tenía el T-Cero; se detuvo, jadeando, y lo sacó del bolsillo.

 

         15:20 hs.

 

         Aún conmocionado, Albareti se desplomó sobre el traje blanco extendido en el suelo de la cueva.

         Qué estupidez, ir a la casa paterna a curiosear. Qué estupidez, no prever ese encuentro antinatural, por más improbable que parecía, ya que situaciones "improbables" como la falla de la computadora de la cápsula lo habían sumergido en la desgracia.

         Cerró los ojos, mareado, y a pesar de la dureza del suelo se hundió en el abismo inconsciente. Durmió hasta entrada la madrugada.

         Su cuerpo se contracturó de tal manera que juró conseguirse un colchón o cualquier cosa blanda sobre la que dormir, aunque tuviese que volver a esa extraña ciudad.

 

 

         Miércoles 14.

 

         El refugio de Tano era una de aquellas cuevas en la roca en la ladera que se alzaba a la vera del Limay, a pocos kilómetros de la confluencia con el río Neuquén.

         Había tapado la entrada con un cerco de troncos y ramas para evitar el ingreso de animales, también disimulándolo con arbustos para que, no podía descartar la posibilidad, nadie que mirase desde la otra orilla se percatara de que allí había una presencia humana.

         Era muy precavido: sólo prendía fuego de noche, para que no se viera el humo en un cielo diurno, y solamente en el interior cerrado de la cueva, para evitar el resplandor delator en la oscuridad del paisaje. Ninguna medida era exagerada hallándose en un mundo desconocido.

 

         21:30 hs.

 

         Hacía casi un mes que Dante venía alimentándose con plantas de dudosos frutos, huevos y algunos pájaros pedestres. Justo cuando su situación comenzaba a ser desesperante, varado en medio de una Patagonia desierta, descubrió esa Argentina Sanmartiniana.

         La serie de incursiones a esa ciudad de Neuquén tan extraña a sus ojos había sido muy arriesgada. Podía haberlo atraparlo la policía en cualquier esquina, o morir con un tiro en la cabeza cuando robó el enterito marrón de ese patio, con ese viejo vociferante y su fusil, o tener serias complicaciones con las heridas que el doberman le alcanzó a infligir antes de huir; pero por suerte, después de derramar sobre la mordedura todo el alcohol del botiquín de la escuela, no se le infectó.

         Y ahora, por fin, se disponía a verter en la olla nueva que acababa de "adquirir" un paquete entero de garbanzos, que comería con pan, ¡y con sal!; y luego bananas y duraznos, y todo lo demás que había sustraído del supermercado. Lamentaba sí que justo lo que más ganas tenía de comer no lo encontró: carne; la góndola y el exhibidor del sector carnicería, vacíos y limpios, indicaban que seguramente se encontraban en la cámara frigorífica, y no había querido arriesgarse perdiendo más tiempo.

         Había tenido suerte, mucha suerte.

 

         Jueves 15.

 

         A pesar de todo, logró sobreponerse de ánimo y seguir un plan de trabajo.

         Estaba haciendo algunas expediciones nocturnas más a la ciudad, para aprovisionarse de más alimentos y una serie de elementos de supervivencia, como encendedores, nafta, alcohol, penicilina, cuerdas, una linterna, un largavista, una garrafita de gas portátil, un cuchillo, hasta un par de tubos de oxígeno pequeños para el traje y la cápsula, y tal vez lo más importante, aunque odiaba reconocer que era así: un rifle veintidós y una pistola treinta y ocho, con varias cajas de munición para ambos.

         Y previendo, muy a su pesar, una posible larga estadía en ese mundo desierto, sin las comodidades de la civilización, sustrajo también otros elementos que obedecían más a necesidades de confort, como jabón, papel higiénico, vino, máquinas de afeitar, más ropa, un espejo de bolsillo, una carpa iglú, una colchoneta, una bolsa de dormir, algunos libros y revistas y, nuevamente lo más importante en este rubro, aunque, otra vez, odiaba reconocer que era así: paquetes y paquetes de cigarrillos, de marcas impensadas provenientes de Cuba y Colombia.

 

         Viernes 16. 10:20 hs.

 

         Albareti subió la barda para la inspección de rutina, con el largavista.

         Oteó el paisaje patagónico que se extendía infinito a su alrededor, bajo un cielo despejado. La meseta desértica al oeste y sur; la confluencia y el río Negro hacia el noreste, con su verde vegetación; y frente suyo, al norte, el Limay abajo y las bardas rosáceas del fondo, y en el medio de ambos, la planicie en leve pendiente donde, en otra dimensión, había una ciudad. No en el futuro. Porque allí donde estaba parado ahora, en medio de un paisaje desolado, vacío, donde ni la civilización moderna, ni siquiera la mera presencia humana existían, allí también era el mes de noviembre del año 2007.

         Pero en un universo paralelo. Uno entre muchos otros.

 

 

 

 

 

Capítulo Tercero

 

         Un mes antes.

         Lunes 15 de octubre. 08:45 hs.

 

         Frenó bruscamente mientras pegaba un rápido y desesperado volantazo. En medio del chirrido de neumáticos el auto giró y quedó en el carril contrario de la ruta.

 

         Tano todavía se hallaba perturbado, y conducía muy despacio, casi deteniéndose en cada esquina.

         Cruzó el angosto puente sobre el Limay, y ya en la provincia de Río Negro siguió el sinuoso camino hasta la entrada al predio del laboratorio. Un cartel junto a la garita del guardia rezaba Hardpoll Srl.; una empresa de investigación científica en el área de aplicación a los derivados del petróleo; claro que sólo en los papeles.

         El guardia le alcanzó la planilla de ingreso para firmar. Tenía una inmensa sonrisa: era Luis Castillo y, como Dante, sufrido hincha de Rácing.

         — Qué goleada les dimos ayer ¿eh? —fue, esta vez, el poco formal saludo del guardia—; cómo los gasté a mis compañeros, todos bosteros.

         Albareti recordó el indiscutible cinco a cero del domingo, y en la mismísima Bombonera.

         — Ah, sí, bárbaro... —sonrió sin entusiasmo; tenía la cabeza en otro lado, y el corazón aún en la garganta—. Recién casi me llevan puesto, un tremendo camión. Mirá, todavía estoy temblando.

         — Uh... —cambió de expresión Castillo— ¿y le pasó algo?

         — No, por suerte. Zafé por un centímetro.

         — ¡Mmm! qué pálida; como para arrancar la semana. Y yo que pensé que íbamos a ser los dos únicos contentos en toda la empresa hoy; digo, por lo del fútbol. Bueno, ahí le subo.

         Levantó la barrera y Tano continuó, ahora por la senda asfaltada de la empresa hasta los edificios, trescientos metros más allá.

         Saludó a Marcela en la recepción al entrar, mientras firmaba el control y ella le daba su tarjeta magnética.

         En el pasillo se cruzó con Batesse, de Insumos, que al verlo agachó la cabeza tapándose los oídos.

         — No escucho, no escucho.

         — Está bien Matías, no ando de ánimos para gastar a nadie ahora.

         Llegó a la puerta del Área Restringida e introdujo su tarjeta, marcando la clave de acceso.

         En la cafetería no encontró a nadie. Habría querido tomar algo, pero de todas maneras debía mantenerse en ayunas hasta que le hicieran todo el chequeo médico. Se sentó para relajarse unos minutos, y prendió un cigarrillo.

         Entró Elías Mankewitz, Jefe de Pruebas, con la Directora, Lucrecia Hager.

         — ¿Cómo es eso de que no andás de ánimos? —le largó ella, sin preámbulos ni saludos.

         Dante sonrió, resignado.

         — Ya te fueron con el cuento ¿eh?

         — No hace falta. Por algo tenemos cámaras de seguridad. —Lucrecia se sentó frente a él, mirándolo fijamente con esos helados e intimidantes ojos azules— Contame.

         — Nada, o casi nada —dijo Albareti, mirando para otro lado—; te imaginás, con el día que tenemos hoy, uno no viene precisamente relajado.

         —Ajá —dijo ella, sin creerle una palabra.

         Tano se rascó la nuca y abandonó el cigarrillo en el cenicero.

         — Cuando venía con el coche —soltó al fin, con tono apesadumbrado—. Al cruzar la Multitrocha, no sé, no andaría bien el semáforo de la ruta, la cosa que ni lo ví, un Scania con acoplado a mil por hora, lo tenía encima, tocando bocina; te juro que en un flash me pasó toda mi vida delante mío, en un segundo.

         Elías se mantenía de pie, con los brazos cruzados.

         — ¿ Y cómo? —preguntó, escéptico—; ¿es que no viste el semáforo?

         Lucrecia lo fulminó con la mirada. Todos allí sabían perfectamente de las capacidades y aptitudes psicofísicas del joven ingeniero Albareti; no por nada era el tercero en la lista para las pruebas.

         — ¿Y qué pensás ahora? —continuó la Directora; no era el percance en sí lo que le interesaba, sino su secuela en el ánimo de Dante.

         — Y... cosas que pasan. —Recordó los comentarios de algunos compañeros de trabajo y sonrió— Vos viste lo que se anduvo comentando por ahí, que el proyecto está lechuceado —e hizo, divertido, un gesto de cruz diablo.

         — ¡Ja! —reaccionó Mankewitz, despectivo— a vos te parece, Lucrecia; científicos y supersticiosos, de no creer.

         — Creer o reventar —sonrió a su vez Hager, en una inesperada réplica al Jefe de Pruebas. Ella ya tenía la conclusión que necesitaba: Albareti seguía en condiciones psicológicas razonablemente normales para la prueba.

         La hora siguiente Dante la pasó en el consultorio del Doctor Sandermann, con los análisis, electros y tests de todo tipo. Después pudo desayunar.

         Al mediodía tenían todo preparado, como estaba programado.

         Tano ingresó a la Sala de Pruebas, enfundado en un traje presurizado blanco, con casco y tubo de oxígeno como un submarinista abisal.

         Ahí se encontraban todos: ingenieros, programadores, técnicos, personal jerárquico, operarios, y un par de funcionarios del Ministerio del Interior, todos muy serios observándolo.

         Mientras avanzaba, acompañado de dos asistentes, alguien filmaba con una cámara en un trípode.

         Se sentía Yuri Gagarin y Neil Armstrong. Hasta el general Balza había llamado para felicitar a todo el equipo y renovar la confianza del gobierno en el Proyecto Hidra.

         Y allí estaba la cápsula plateada en medio del salón, más pequeña que un Fitito, conectada con múltiples cables a los procesadores de información y máquinas de mantenimiento.

         Antes de entrar, unas manos calurosas lo animaron en los hombros; eran Norberto y Samira, ingenieros ellos también, y sus amigos; les sonrió y, ya en el sillón de la nave, estrechó sus manos.

         Un operario le entregó un aparato del tamaño de un celular; Dante lo miró: era el Transportador T-Cero para traslados de punto a punto a través de portales ya enlazados; era un prototipo, como indicaba su nombre, y la semana pasada le habían realizado los testeos preliminares; integraría los equipos de la cápsula en este prueba sólo para completar el inventario; lo aseguró al puerto de la computadora.

         El operario echó un último vistazo al interior de la cápsula e informó a Control a través del micrófono incorporado a sus auriculares. Miró a Albareti, quien le dio el O.K. y, al fin, la compuerta fue cerrada.

         La cápsula no poseía aberturas para observar el exterior, pero un monitor junto a la pantalla de la computadora se conectaba a una cámara externa.

         — Dante, ¿me recibís bien? —escuchó por los auriculares.

         — Perfectamente, Control.

         — Bien. En un minuto te avisamos y comenzamos.

         — Entendido.

         Allí se encontraba él, Dante Albareti, ingeniero fisico y piloto de pruebas. Después de que la número uno en la lista se fracturara una pierna un mes antes. Y después de que la número dos se resfriara setenta y dos horas antes. Era el tercero quien ocupaba su lugar ahora en la epopeya.

         Sería la primera persona en la historia en saltar al Limbo.

         — Listo Dante —escuchó nuevamente—, tenemos todo a punto. Chequeá y dame el positivo para comenzar.

         Tano miró todos los indicadores, la computadora, los instrumentos.

         — O.K., aquí también ya estoy listo.

         — Bien. En treinta comenzamos la cuenta regresiva. Y buena suerte.

         — Gracias.

         Ahí vamos.

         Diez... Marco Polo. Nueve... Colón. Ocho... Humboldt. Siete... Amundsen. Seis... Gagarín. Cinco... Armstrong. Cuatro... El hombre lanzado a lo desconocido.

         Tres... Comenzaba una nueva aventura. Dos... La Odisea del Nuevo Milenio.

 

 

 

 

 

Capítulo Cuarto

 

         Un mes después.

         Sábado 17 de noviembre. 00:15 hs.

 

         El sargento Brizuela leía sin interés la nota sobre el acuerdo de defensa de la Alianza Latinoamericana cuando llegó la patrulla con un detenido.

         — ¡Móvil 84 reportándose, compañero sargento! —exclamó marcialmente el cabo a cargo, mientras atrás suyo los otros dos agentes traían en vilo a un sujeto.

         — Descanse, Painemil, siempre tan comedido usted —le saludó Brizuela, en un tono más normal; y siguió, aburrido— ¿qué me trajo ahora? ¿otro conspirador?

         — ¡No señor! —el cabo no parecía darse por enterado del tono ligeramente burlón de su superior—. En circunstancias en que nos encontrábamos con la tanqueta de recorrida en el Bajo, interceptamos a este individuo de sexo masculino circulando por la vía pública, violando la disposición del toque de queda, y sin documentos como agravante.

         El sargento consultó su reloj: eran las doce y veinte.

         — ¿Está seguro de que ya era la hora de restricción cuando procedió, cabo?

         — Sí, mi compañero sargento, cero hora, cuatro minutos exactamente.

         Brizuela movió la cabeza trabajosamente, como queriendo descontracturar el cuello.

         — Cuatro minutos. A ver, tráigamelo para acá.

         Painemil fulminó con la mirada a los dos suboficiales que sostenían al detenido, los que sin necesidad de orden verbal avanzaron hasta el mostrador; eran dos de los cadetes recién salidos de la Escuela, con los ojos más asustados que el mismo arrestado.

         Es increíble este Painemil, pensó el sargento; y lo peor era que tipos como él eran los que más rápido ascendían.

         En cuanto al infractor, el olor a vino se sintió desde que habían entrado a la Seccional; y ahora además le percibía cierto aroma acre, como a humo, que le recordó su mísera infancia, de antes de la Liberación; ¿dónde vivía este pobre tipo? en Neuquén todo el mundo tenía gas de red.

         — Bien, bien... parece que usted no alcanzó a llegar a tiempo a su casa, y encima se topó con el 84. Ha tenido muy mala suerte esta noche, amigo. Qué se le va a hacer, procederemos con el trámite y tendrá que pasar la noche acá.

         — ¿Puedo ir al baño? —masculló el detenido, arrastrando las palabras—, no me siento muy bien...

         — Llévenlo, cadetes, y déjenlo tranquilo ahí un rato, mejor que se le pase un poco antes de tomarle los datos.

         — ¡Sí, mi compañero sargento! —saltaron al unísono los dos muchachos.

         Se les pegaba enseguida el estilo Painemil a los nuevos, apreció Brizuela; ¿los estarían adoctrinando con mayor rigurosidad, acorde a los nuevos tiempos de crisis internacional?

         El cabo se fue al escritorio de Orellana para que le adelantara la confección del informe; parecía apurado por volver a las calles. Apareció el cabo Méndez con el termo y el mate, y mientras hacían el resumen se pusieron a conversar. En seguida se sumó también Ochoa, y en pocos minutos se encontraban todos escuchando a Painemil dictando cátedra sobre las ventajas de la nueve milímetros checa importada que se iba a comprar en cuanto ahorrara lo suficiente.

         Sí, concluyó Brizuela, este fanático ascendería rápido.

         Méndez se acordó que allá en el mostrador estaba el sargento también, y le llevó un mate tardío, ya lavado.

         Volvieron los dos cadetes, alterados. Miraron al grupo de Painemil, pero prefirieron acudir a Brizuela.

         — No está —soltó al fin uno, en un susurro.

         — No está qué. —El sargento devolvió el mate— Gracias Méndez, después me sumo cuando lo arregle.

         — El detenido —continuó el otro muchacho, con la voz rara.

         — ¿Qué pasa con nuestro detenido? —se acercó Painemil, a quien no se le escapaba nada de su entorno, aún en medio de una charla.

         Los pobres cadetes se miraron, desolados, bajaron la vista y no volvieron a abrir la boca.

 

         00:40 hs.

 

         En la oscuridad, el aire comenzó a vibrar como tocado por las notas más graves de un poderoso instrumento musical. De la nada, surgió Dante, mirando rápidamente a su alrededor; comprobó la lectura del visor del Transportador y apretó un botón rojo; la vibración cesó. Cerró los ojos y se dejó caer lentamente, entre los arbustos de esa Patagonia desierta y oscura, apenas iluminada por una media luna creciente.

         Luego caminó casi tres kilómetros, desde el sitio donde en el otro mundo estaba la comisaría, hasta la costa del río. Quitó las ramas que ocultaban el pequeño kayak de plástico que había sustraído en una tienda de deportes y se lanzó al agua, cruzando hasta la otra orilla; allí cargó la liviana embarcación por la ladera hasta su cueva. Iluminó el ambiente con un sol de noche y prendió fuego.

         Ya está, no vuelvo nunca más, pensó, aún agitado. Esta vez sí lo habían atrapado, y le parecía increíble que hubiese logrado escapar. Ese horrible e inmenso carro blindado lo había arrinconado y los tres policías saltaron sobre él como un grupo comando; cuando lo revisaron, Painemil le sacó el T-Cero y, sólo por una inmensa indulgencia divina, se lo devolvió, al creer que era un simple teléfono celular.

         La fogata cobró fuerza con un par de leños, y colocó sobre la pequeña parrilla de picnic una olla con agua.

         Se quitó el sobretodo, que apestaba a vino; siempre le chorreaba medio vaso antes de ir a la ciudad, por si se topaba con la policía en pleno toque de queda, así por lo menos no parecía tan sospechoso; lo copió de una película, y la tonta triquiñuela le dio resultado.

         Preparó una polenta instantánea y, para relajarse, la acompañó con el medio litro de vino que le quedaba.

         Después de unos cigarrillos apagó el fuego, que largó un espeso humo; debería traer una garrafa de gas de diez kilos para evitar tanta molestia, pensó. Se metió en la pequeña carpa iglú y la bolsa de dormir lo abrazó tiernamente; a su calor, se durmió.

 

         13:50 hs.

 

         Al mediodía comenzó a llover.

         Se sentía agotado, después del incidente de la noche anterior, así que prefirió quedarse en su refugio a descansar, tanto el cuerpo como la mente.

         Mientras tomaba un té, calentado en la pequeña garrafa portátil de campamento, revisó el material bibliográfico que tomó de ese Neuquén de edificios bajos y autos extraños que estuvo explorando la última semana.

         El plano de la ciudad era tan diferente que intimidaba. Salvo el área céntrica, con la Avenida Argentina y su continuación, la Olascoaga, rebautizada Comandante Che Guevara, más las cuatro diagonales dibujando una cruz de San Andrés, casi todo el resto era irreconocible, sobre todo hacia el oeste. La línea del ferrocarril y la Ruta 22 mantenían el mismo trazado, pero allí donde deberían estar los barrios San Lorenzo, Alta Barda o Islas Malvinas, el damero era totalmente distinto, con nombres como Barrio Revolución, Tucumán Libre o José Martí. Lo mismo con las denominaciones de las calles.

         Ya había notado el gran contraste del paisaje urbano desde que lo vio el primer día a la distancia; ninguna de las altas torres de departamentos que conocía existían allí; de hecho, el edificio más alto seguía siendo el Hotel Comahue, como hacía treinta años. En su lugar había plazas, escuelas, hospitales o centros deportivos; muchos centros deportivos. El edificio en el que él mismo vivía, en su universo, estaba reemplazado aquí por un gimnasio; igual que el dúplex del Gregorio Álvarez donde vivía su ex con los niños; por ello es que se había alegrado al descubrir que la vieja casa de sus padres, en el viejo barrio Valentina Sur, aún existía.

         Cuando revisó el Almanaque Popular 2007 y un manual de historia de secundaria, tuvo un panorama más claro de este mundo.

         Hasta principios de los años setenta, la línea general de sucesos parecía ser la misma. Pero desde 1973 en Latinoamérica en vez de dictaduras militares, triunfaban los movimientos guerrilleros; en Argentina, Montoneros unió fuerzas con el ERP y otros movimientos de izquierda urbanos y, con el apoyo material de los soviéticos y Chile, donde la Unidad Popular había triunfado sobre la reacción derechista, tomaron el poder a fines del '75.

         Y el primer presidente revolucionario fue el Comandante Firmenich. No llegó a durar un año, asesinado por la Triple A en su último y más espectacular operativo antes de ser totalmente liquidado por el nuevo Comité de Emergencia, que logró consolidar su régimen tras un baño de sangre en todos los sectores de la oposición.

         Con respecto a Estados Unidos, el manual sacaba la siguiente conclusión, por lo menos curiosa: "...la crisis del petróleo, el escándalo Watergate, la renuncia de Nixon y la derrota en Viet Nam significaron el fin de la hegemonía americana en Occidente y la inevitable caída del fugaz Imperio capitalista". A Albareti le pareció extraño que los mismos factores que en su propio mundo no revirtieron mayor problema a la agresiva política norteamericana, aquí significaran una "inevitable" debacle general; seguramente había otros elementos determinantes que en el texto no se consideraban importantes.

         En resumen, el mundo, lejos de haber pasado por la Caída del Muro, el auge neoliberal y la Globalización, mostraba un mapa dominado por regímenes comunistas o por lo menos simpatizantes; Estados Unidos y Europa Occidental sobrevivían con sus sistemas capitalistas, y por cierto un capitalismo asistencialista bastante lejos de la ortodoxia liberal... en el mismísimo Washington se autotitulaban patéticamente "capitalistas sociales"; todas economías decadentes, países acorralados y olvidados, subcontinentes estancados, siempre según palabras del manual, mientras una nueva bipolaridad, con una alarmante tensión internacional crecía entre los dos nuevos protagonistas políticos mundiales: la Unión Soviética y la China maoísta.

         Argentina, a diferencia de sus vecinos que habían adoptado el modelo cubano o el soviético, aparecía como una "República Sanmartiniana", con gobierno centralista autoritario, "nacional y popular" decía el libro, pero donde no se abolió totalmente la propiedad privada, si bien durante el período de los Tres Comandantes arreciaron las expropiaciones a los grandes capitales, conformando un poderoso Estado monopólico junto a la proliferación del sistema cooperativo, quedando el sector privado disminuido y marginado.

         Mientras terminaba de hojear el manual, se encontró de pronto con una foto de Carlos Menem, saludando desde el balcón de la Casa Blanquiceleste, como se la había rebautizado y repintado. Incrédulo, leyó la nota de referencia; sí, era él: "Compañero Comandante Menem, Presidente Sanmartiniano 1981-1993"; tenía el pelo largo y esas patillas abundantes de otros tiempos y otros universos; vestía una camisa verde oliva y una gorra a lo Fidel Castro. Asombrado, leyó más abajo que entre sus obras de gobierno destacaba la expropiación de las grandes estancias y la recuperación, vía diplomática y no sin cierto apoyo y amenaza militar rusa a Gran Bretaña, de las islas Malvinas, su sueño más preciado, siempre según palabras del texto, alcanzado justo antes de morir, cuando estaba por iniciar su tercer período consecutivo de gobierno. En este mundo comunista, Menem era un héroe nacional revolucionario.

 

         Domingo 18. 15:30 hs.

 

         Tano debía seguir explorando si quería encontrar su universo perdido.

         Pero para localizar portales nuevos el Transportador manual no era suficiente.

         Se desnudó, dejándose solamente los calzoncillos y se puso el traje blanco presurizado, con tubo de oxígeno y casco. Una vez que comprobó el funcionamiento de todo el equipo, presionó el botón verde del T-Cero.

         Mientras sentía cómo todo su cuerpo vibraba como si estuviera parado sobre la turbina de un avión jet, la cueva donde se hallaba se desvaneció. La fuerza de gravedad desapareció y sintió vértigo, mientras reaparecía sentado en el sillón anatómico dentro de la cápsula. Se encontraba en lo que los científicos cuánticos, cuando lo descubrieron con sus cálculos matemáticos, llamaron Limbo.

         Prendió las luces, se quitó el casco y encendió la computadora, la maldita computadora causante de todos sus problemas.

         Mientras esperaba el reinicio general, descubrió que se había olvidado la pistola. Ahora que poseía armas, sabía que debía llevar una encima siempre, pero su inconsciente lo traicionó nuevamente: porque aborrecía esa imagen pulp del explorador de los misterios del universo... empuñando un arma por delante como un cowboy espacial.

         Buscó los datos del último portal abierto, el de la República Sanmartiniana, pero la computadora demoraba y no arrojaba la información a la pantalla.

         — ¡Puta que te parió, hija de remil...! —estalló furioso, temiendo lo peor; tomó el Transportador para conectarlo al puerto y reingresar la información parcial; tendría que recalcular todo desde cero.

         Pero de pronto la pantalla se volvió a iluminar y deletreó todos los datos requeridos.

         Aún alterado, Dante apretó los dientes al ver la carpeta Home, la única que estaba vacía, la única que importaba, y vacía. ¡Por qué se habían borrado los datos para volver a su mundo, hacía ya más de un mes, por qué!

 

 

 

 

 

Capítulo Quinto

 

         Un mes antes.

         Lunes 15 de octubre. 13:10 hs.

 

         El hombre lanzado a lo desconocido. Tres... Comenzaba una nueva aventura. Dos... La Odisea del Nuevo Milenio. Uno...

         Cero.

         ¡La prueba estaba resultando! ¡era el primer hombre en el Limbo!

         Albareti, exultante, iba comprobando las lecturas de los instrumentos. Todo según lo previsto, similar a las pruebas de semanas anteriores sin seres humanos: la falta de gravedad, la pantalla del monitor en blanco, no porque fallara la cámara exterior, sino porque lo que tomaba era eso: el Limbo era una nada blanca, como esos fantasmagóricos paisajes árticos donde el cielo cubierto de nubes blancas se confunde con la superficie llana de hielo, sin puntos de referencia, sin perspectiva geográfica, sin nada más que luz blanca en cualquier dirección.

         Pasados treinta segundos, la computadora iniciaría automáticamente el regreso al laboratorio.

         Pero el medio minuto pasó, y nada sucedió. Tano dibujó una torcida sonrisa en su rostro.

         — Vamos, no me hagás chistecitos...

         Pues bien. Pasamos al Plan B, a manual.

         Tecleó en el procesador el inicio del programa de retorno. Relojito de arena... louding...

Error en el programa. No se encontró el archivo

TT.X/Dinn//x538/y9901/z613/t15102007/ualfa requerido.

         — No me jodás.

         Plan C, reiniciar el sistema.

         Le tomó a la computadora una hora. Sin resultados.

         — ¡Hija de puta! ¡qué hiciste con el archivo!

         No había un Plan D.

         Por esto él era una de las tres personas elegidas para la prueba. Además de condiciones físicas y psicológicas óptimas, los candidatos debían poseer un extraordinario sentido de adaptabilidad e inventiva.

         A partir de ese momento, Dante se hallaba solo, y debía actuar en un contexto totalmente desconocido.

         A partir de ahora, debía improvisar.

         Se lamentó por que los funcionarios de gobierno a cargo hubiesen adoptado para el Proyecto esa política de aislamiento extremo, no permitiendo que la Fuerza Aérea metiera las narices  al aportar con sus pilotos para la prueba, como realmente debería haber sido, a imitación de los programas espaciales norteamericanos. Claro que esto ni se acordó de argumentar en contra hacía un año atrás, cuando ofrecieron esta posibilidad histórica sólo a los integrantes del laboratorio.

 

         14:30 hs.

 

         Por supuesto, Albareti conocía al dedillo el programa de la computadora. Las siguientes horas las pasó introduciendo datos nuevos, al azar, y construyendo una larguísima ecuación, que sólo la capacidad cibernética podía elaborar en tan poco tiempo. Y ese procesador era, comparado con una común PC, gigantesco; no sólo en términos de software.

         Por ello fue que en la cápsula no instalaron una segunda computadora independiente para casos de emergencia como ese, que además era matemáticamente casi imposible que ocurriera, conclusión que él mismo compartía con sus colegas; o por lo menos hasta hace unos momentos.

         Por que lo imposible ocurrió, y ahora estaba perdido.

         A falta de explicación científica convincente, Tano pensó si acaso el proyecto realmente no estaría lechuceado, como varios comentaban informalmente en los pasillos, medio en broma y medio en serio.

         Claro que había otra posibilidad: sabotaje. Se le antojó la imagen de un agente secreto de la CÍA, o mejor, uno británico vestido con smoking y licencia para matar.

         Mejor dejaba de perder el tiempo en elucubraciones fantasiosas y se concentraba en su trabajo. Ya habría tiempo para investigar seriamente qué pasó. Claro, eso si volvía para contarlo.

 

         18:15 hs.

 

         La ruta de acceso a un nuevo universo ya estaba configurada.

         Dante pensó en las probabilidades de retornar a su propio mundo, así con datos al azar: ¿una en un millón? ¿o elevado a qué potencia? En el laboratorio nunca se habían puesto de acuerdo en la cantidad de universos paralelos existentes en un momento determinado, simplemente, porque carecían de datos suficientes. Los experimentos previos eran incipientes, y las conclusiones variaban mucho según el punto de vista. Ni siquiera tenían indicios de la regularidad y amplitud de las permanentes ramificaciones, las subdivisiones que creaban nuevos universos paralelos; podía ser aritmética o geométrica; o hasta infinita.

         Considerando todo esto, los pronósticos no eran muy alagüeños para Albareti, a punto de abrir su primer portal dimensional, y encima al azar. ¿A dónde llegaría? si no era a su propio mundo, si le aguardaba la muerte, prefería que fuese inmediata, en la superficie de una Tierra ardiente, por ejemplo. Pero sabía que nada era tan simple como la más positiva o la más negativa de las posibilidades.

         Respiró profundo, y ejecutó el programa.

         Después de unos segundos, el monitor de la cámara externa mostró el cielo nocturno sembrado de fulgurantes estrellas, en tal cantidad y con tanta intensidad como nunca había visto, y como nunca se vería sobre la superficie de la Tierra a simple vista, con la atmósfera interponiéndose. Además, no sentía el regreso de la fuerza de gravedad.

         Concluyó que había llegado a un universo donde ni siquiera existía el planeta Tierra. Seguramente la cápsula flotaba en el espacio como una astronave.

         No se arriesgaría a salir a averiguar. Tecleó en el procesador y volvió al Limbo.

         En las siguientes horas construyó otra ecuación, siempre con números al azar, aunque ahora teniendo como débil referencia los datos que lo llevaron a ese universo sin Tierra.

         Sentía hambre. Ya eran las nueve de la noche, según el reloj que integraba el conjunto de instrumentos de medición por suerte independientes de la computadora. En el Limbo, la dimensión temporal, al igual que las otras tres, se mantenía vigente.

         En el nuevo portal que abrió, tuvo una relativa mejor suerte.

         Aunque el monitor ahora estaba completamente negro, la gravedad había vuelto, y a valores de la masa terráquea. Sintió una oscilación, y la cápsula comenzó a inclinarse.

         Comprendió que se hallaba sumergido en un medio líquido, y que la cápsula terminaría dando una vuelta campana. Antes de quedar cabeza abajo y caer sobre los instrumentos, abandonó ese planeta aparentemente oceánico y volvió al Limbo.

         En fin, otra vez tendría un par de horas de trabajo matemático por delante.

 

         Martes 16. 01:30 hs.

 

         Además de hambre y sed, el agotamiento físico y mental comenzaban a pesar: llevaba doce horas metido en la cápsula trabajando con las ecuaciones, solitario y perdido, con la mayor incertidumbre sobre su futuro inmediato.

         El nuevo mundo al que accedió ahora mostraba en el monitor un paisaje nocturno de cerros muy puntiagudos, blancos por la que suponía la iluminación de la luna.

         De hecho, en realidad el paisaje parecía lunar.

         Cerró su traje herméticamente y lo presurizó, mientras despresurizaba la cabina. Se arriesgaría a salir a investigar: tenía las horas de vida contadas dentro de la cápsula, con el oxígeno y la energía limitados, así que debía encontrar rápidamente un lugar habitable; y la única manera de comprobar su estado, a falta de instrumentos de medición externos, era salir a ver uno mismo.

         La puerta se abrió y Tano se incorporó, asomó la cabeza y observó el panorama. En el paisaje desértico de rocas no divisó el mínimo signo de vida vegetal; y el barómetro del traje señalaba presión atmosférica cero.

         Esa Tierra carecía de aire. Era un planeta muerto como su compañera la luna, que no se veía en ningún punto del cielo, saturado de estrellas tan luminosas como para alumbrar el paisaje de esa manera.

         Ni siquiera puso un pie en su superficie. Desalentado, cerró la compuerta y abandonó ese universo.

 

         08:45 hs.

 

         Dante siguió toda la noche trabajando con la computadora. Se hallaba agotado, y ya le temblaba el cuerpo.

         Siempre teniendo en cuenta las ecuaciones anteriores, abrió un nuevo portal.

El monitor le mostró un paisaje de pradera, con un cielo de color celeste, de luz diurna, con algunas nubes. Había plantas y al fondo divisó una laguna.

         Esa Tierra tenía vida.

         ¿Pero el aire sería el mismo que el de su planeta?

         Sólo había una manera de comprobarlo. No despresurizó la cabina, contuvo la respiración, y sin cerrar su casco, directamente abrió la compuerta; después de tantas horas bajo presión, que fuera lo que Dios quisiera.

         Una brisa tibia le acarició el rostro. Expectante, soltó lentamente el aire que le quedaba en los pulmones, y contó hasta tres antes de inspirar ese aire desconocido y tal vez letal para su fisiología humana.

         Ahí vamos.

         El aire era fresco y agradable, sin olores extraños ni escozores alarmantes en la lengua. En una Tierra paralela desconocida, parecía estar respirando el mismo aire de siempre.

         Dio un grito de alegría; aunque era más para descargar la tensión acumulada. Se encontraba a salvo; por lo menos de morir asfixiado. Su esperanza de vida acababa de cambiar su índice de "un par de horas" a "un par de días", por lo menos.

         Salió y, observando que no había nada que pareciese peligroso como fieras o serpientes, se desabrochó apresuradamente el traje y se lo bajó hasta las rodillas. Al amparo de la cápsula, se puso en cuclillas e hizo sus necesidades.

         La tensión se disipó de tal manera que el agotamiento lo venció, y a duras penas volvió a la cápsula, cerrando la compuerta pero dejando un espacio para el aire, y cayó en el sillón, más desmayado que dormido.

 

         18:35 hs.

 

         Frenó bruscamente mientras pegaba un rápido y desesperado volantazo. En medio del chirrido de neumáticos el auto giró y quedó en el carril contrario de la ruta.

         Albareti despertó sobresaltado.

         Miró a su alrededor. Estaba en el sillón, en la cabina para traslados dimensionales.

         Entonces todo esto no era una pesadilla. Se hallaba en un mundo paralelo ignoto, y perdido, sin la ruta de regreso a su propio universo.

         Al parecer había pasado muchas horas durmiendo: en el monitor la pradera ya caía bajo las alargadas sombras del atardecer y...

         Había allí unos animales, a cierta distancia.

         No, no eran dinosaurios, pero su enorme mole y esas crestas intimidaban.

         De pronto un golpe sacudió la cápsula, y un aullido ensordecedor inundó la cabina. Tano gritó a su vez, de espanto, tapándose los oídos.

         Un nuevo golpe y el aullido. Debía escapar de ahí.

         Cuando el aullido cesó, Dante manoteó el asa de la compuerta y la cerró herméticamente. Y antes de recibir un tercer golpe, abrió el portal al Limbo y huyó.

 

         19:00 hs.

 

         Estaba otra vez como al principio. Su porvenir volvió al desesperado índice de las pocas horas que le durara el oxígeno de reserva de la cápsula.

         Pero tenía un nuevo elemento a favor: el mundo de monstruos que acababa de dejar era habitable. Sólo necesitaba introducir muy leves variantes aleatorias en la ecuación y, quizás —sólo quizás—, hallase otro ecosistema similar pero menos peligroso. A la computadora esta vez le llevaría mucho menos tiempo, por suerte.

 

         20:15 hs.

 

         Ya era de noche. El monitor presentaba una oscura geografía difícil de observar: arriba el cielo estrellado, en el medio una línea de horizonte algo irregular, similar al dibujo de la meseta, y abajo la negrura total; no distinguía lo suficiente para saber si había plantas o si por el contrario era otro mundo muerto sin atmósfera.

         Esperó unos minutos, desconfiando de ese apacible panorama, agarrándose de los brazos del sillón y entrecerrando los ojos, tenso, presintiendo un sorpresivo aullido. Nada desagradable ocurrió.

         Cerró el traje, despresurizó la cabina y abrió los pasadores herméticos de la compuerta. Pero cuando la empujó, no cedió; se encontraba atascada. Le dio un empellón con el hombro pero no se movió; no podía salir, se hallaba atrapado.

         Entonces supuso cuál podía ser la razón.

         Volvió a presurizar la cabina, y entonces sí la compuerta se abrió sin la menor resistencia; este mundo tenía atmósfera: al provocar antes el vacío en la cabina, la presión atmosférica empujaba desde afuera a la cápsula manteniendo la compuerta en su lugar; ahora que volvió a llenar la cabina de aire, las presiones se compensaron.

         Salió y puso los pies en el suelo con precaución; sintió parte de un arbusto seco resquebrajándose bajo su peso; otra buena noticia entonces: vida. El barómetro de su traje le confirmó lo de la atmósfera, así que lentamente abrió el cristal del casco y respiró. El aire era normal.

         En las inmediaciones no vio ni escuchó amenaza animal alguna, por lo menos en los escasos metros que la noche sin luna le permitía observar.

         Decidió arriesgarse y pasar la noche allí, en la cápsula, en ese mundo desconocido, a esperar que amaneciese para observar mejor todo.

         A pesar de que trató de mantenerse despierto, una hora después dormía profundamente.

 

         Miércoles 17. 07:30 hs.

 

         Esta vez ningún monstruo atacó la cápsula mientras dormía.

         Y a decir verdad, a la luz del día el panorama se veía tan normal como en su propio mundo: la estepa árida patagónica de arbustos espinosos.

         Lo primero que debía resolver en esos momentos era el tema del agua, porque hacía dos días que no tomaba nada, tenía la boca reseca y la lengua hinchada.

         No descubrió lagunas a la vista, así que decidió caminar hacia el norte, dejando su casco en la cápsula; si el paisaje era similar al de su mundo, podía esperar que la orografía también, y que allá, a quinientos metros, corriera el Limay.

         Allí se encontraba, el mismo río, con sus aguas frescas y cristalinas, al pie de la pronunciada ladera de la barda donde se hallaba parado. Antes de descender, miró la costa opuesta: la postal era la desértica meseta natural, allí donde, en su universo, se alzaba la ciudad de Neuquén.

 

         07:50 hs.

 

         El siguiente tema a resolver era la comida.

         Ya no sentía hambre, después de dos días. Pero debía procurarse algo de alimento antes de continuar la búsqueda de su mundo.

         Recorrió un kilómetro la costa del Limay, río abajo, franqueada de árboles y pastos más abundantes, pero no encontró nada parecido a un fruto: ni manzanas, ni nueces, ni frutillas o frambuesa silvestre; o bien no era la época del año, o en ese mundo esas plantas no existían, o no habían llegado aún al continente, pues muchas variedades fueron importadas por los europeos colonizadores; quizás en este planeta el homo sapiens ni siquiera existía. Lo mismo con los animales: ni una apetitosa vaca, ni caballos, ni las omnipresentes liebres europeas; aunque de la fauna autóctona tampoco había señales: guanacos, ñandúes o maras; sólo se escuchaba el canto de los inalcanzables pajaritos, con algún que otro vuelo fugaz entre los árboles.

         Claro que también pudiera ser que los animales terrestres estuviesen escondidos. Y esto incluía tanto pacíficos herbívoros como a depredadores, agazapados entre los matorrales ribereños a punto de saltarle al cuello.

         Tomó un palo largo y grueso, con el cual no tenía muchas esperanzas de salir airoso si lo atacaba un puma decidido, una manada de lobos o quién sabía qué clase de fiera que hubiese evolucionado en particular en ese universo paralelo; por lo menos moriría luchando por sus ideales...

         ¿Luchando por sus ideales?

         Siguió su búsqueda, vigilando todo con su garrote preparado.

 

         11:20 hs.

 

         Cayó exhausto a orillas del río. Había estado una hora entre los yuyos correteando a un grupo de gallináceas pequeñas similares a codornices, sin lograr alcanzar a ninguna; las aves se dispersaban en todas direcciones apenas Albareti iniciaba la persecución y, para su enojo, volvían pertinazmente a reunirse y quedarse allí, a escasos metros de distancia, picoteando el suelo tranquilamente como si fuesen sus propios animales domésticos.

         Tenía que pensar en algo más inteligente que ir tras ellas como un niño.

         Mientras discurría algo, comió de unas matas unos frutitos azules que parecían maqui; su sabor era amargo, pero por ahora era lo único que tenía a mano.

         Era casi mediodía. Subió la ladera de la barda y recorrió los quinientos metros de vuelta a la cápsula; no quería dejar su nave sola mucho tiempo: a ver si encima una manada de mandriles rabiosos o algo así la desmantelaban en su ausencia.

         Su máquina no estaba por ningún lado. En torno se veía sólo el sembrado natural de arbustos, hasta donde alcanzaba a distinguir. Con el corazón en la boca, caminó erráticamente por una hora. Luego volvió al norte hasta toparse con el río; el cauce allí se dividía en dos o tres meandros, formando islotes con espesa vegetación; recordó que había llegado a ese sector al final de su excursión de caza y recolección, y que la cápsula debería estar un par de kilómetros aguas arriba, donde el río era un solo brazo, frente a una barda más escarpada. Con la esperanza de haber equivocado el área de búsqueda, hizo el recorrido junto al río ahora en sentido inverso; dejó los islotes, pasó la zona de cuevas que vio al principio, y un poco más allá, calculó que se encontraba aproximadamente en el lugar por el que había bajado la primera vez; para mayor seguridad, una vez arriba se dirigió al sur contando los quinientos pasos de distancia; pero como presentía, no encontró nada: sus cálculos no podían ser exactos; observó con atención el horizonte hasta que, un poco hacia el sudoeste, un reflejo devolvía la luz del sol. Fue hacia él corriendo, temiendo que las nubes que avanzaban por el cielo cortasen el haz salvador.

         Ahí estaba. Donde tenía que estar, ni un centímetro más lejos de donde la dejó, a la vista de cualquiera en kilómetros; menos mal que el paisaje no era una insondable selva, capaz de esconder pirámides precolombinas por siglos sin que nadie se dé cuenta.

         Tendría que resolver qué hacer con la cápsula; no podía permitirse contratiempos como ese, o como el anterior: el ataque de los monstruos aulladores había dejado la superficie metálica mellada en varios puntos; y no debía pensar sólo en animales peligrosos: también podían existir seres humanos merodeando, y no se podía saber cómo reaccionarían.

         La nave era pequeña, pero lo suficientemente pesada como para que le resultase imposible a él solo arrastrarla a un refugio más seguro. La única posibilidad era dejarla en el Limbo, mientras él se quedaba en la estepa procurándose algún sustento mínimo para no morir de inanición, y hasta tanto no diera con la ecuación correcta para volver a su propio universo.

         Por suerte, a los instrumentos de la cabina habían agregado a último momento el prototipo terminado del Transportador dimensional portátil que, teóricamente, debería ser capaz de trasladar la masa equivalente a una persona desde la cápsula en el Limbo al mundo desierto en el que ahora se hallaba.

         Y decía teóricamente porque aún no se lo había utilizado en pruebas de campo.

         Tano inició en la computadora el programa de cálculo con nuevos datos que introdujo para encontrar, si no el propio universo, algún otro más próximo, y así hasta llegar al suyo, si es que la batería no agotaba su energía antes.

         Se trasladó con la cápsula al Limbo y, mientras se procesaba la información automáticamente, tomó el T-Cero, al cual había ingresado la información parcial pertinente a través del puerto de conexión, y presionó el botón verde que, al igual que un celular, lo ponía en funcionamiento, cerrando los ojos y rezando porque en el otro mundo su cuerpo no apareciese atomizado, o frito como un meteorito ingresando a la atmósfera.

         Sintió que todo comenzó a vibrar en forma creciente, con un sordo tono grave que resonaba en cada molécula de su cuerpo; el fenómeno ya estaba previsto, pero le impresionó tanto experimentarlo en los hechos, que estuvo a punto de presionar el botón rojo para interrumpir el intimidante proceso; de pronto la cabina desapareció, y del sillón donde se encontraba recostado cayó sobre la tierra, sintiendo la súbita acción de la gravedad como si un ascensor en el que descendiera frenara muy bruscamente; ahora se hallaba tendido en la meseta patagónica, entre neneos y coirones, mirando el cielo parcialmente nublado.

         Sintió que se descomponía. Se sentó y se bajó apuradamente el traje presurizado. Tenía diarrea. No sabía si era causada por el nuevo tipo de traslado dimensional con Transportador, o por esos frutitos azules que comió hacía tres horas.

 

         15:40 hs.

 

         Si la diarrea no fue por los frutitos, lo que sí provocaron con seguridad fue que le volviera la dolorosa sensación de hambre.

         Pero ahora ya tenía su estrategia.

         Juntó un buen puñado de aquellos mismos frutitos, rogando porque fueran del agrado de esas aves parsimoniosas, y los dejó al pie de un árbol ribereño. Se trepó a sus ramas y esperó pacientemente a que el grupo de gallinitas, que picoteaban cerca entre los yuyos, volviera a caminar por allí.

         Al fin se aproximaron a orillas del agua; algunas descubrieron el montoncito azul y fueron a investigar, justo debajo de la rama donde Dante no movía un pelo para no alertarlas. Tomó lentamente la gran piedra con la que había subido y, ubicándola muy cuidadosamente, la dejó caer sobre la víctima elegida; el golpe fue certero.

         Mientras las demás aves huían, Albareti bajó a reclamar su presa. Además de matarla, la piedra la había reventado categóricamente, dejando una masa informe de plumas y huesos sanguinolentos.

         Con expresión de asco, levantó con dos dedos el que sería su primer almuerzo en este mundo.

 

         Domingo 28.

 

Su estado higiénico era deplorable. Sentía toda la piel pegajosa, y su olor debía ser espantoso, suponía, pues por suerte su olfato seguramente se había acostumbrado. No quería arriesgar a bañarse en el río, a pesar de las agradables temperaturas de primavera, pues no tenía cómo secarse, se autojustificó, y no quería que algún percance inesperado lo sorprendiese desnudo y mojado en medio del agua... a decir verdad, dadas las desesperadas circunstancias, el aseo le importaba un carajo.

         Su rutina diaria consistía en pasar una hora, al atardecer, esperando a que la computadora de la cápsula, allá en el Limbo tuviese lista una nueva ecuación; a la noche abría el nuevo portal que lo llevaba, con el alma en vilo, a universos imposibles de prever; a veces, si valía la pena, volvía a visitarlo a la mañana siguiente, pero sólo confirmaba que era otro mundo desierto e inútil para sus fines. Claro que su rutina diaria más importante, por lo menos en lo inmediato, era pasar todo el día procurándose alimento, fuese el que fuese; y era increíble la creatividad que se podía desplegar para mejorar la caza y la recolección cuando se estaba muerto de hambre; y también lo relativo que se volvían las aprensiones dietéticas, sanitarias y hasta éticas.

 

 

 

 

 

Capítulo Sexto

 

         Un mes después.

         Domingo 18 de noviembre, 2007. 15:45 hs.

 

         Buscó los datos del último portal abierto, el de la República Sanmartiniana, pero la computadora demoraba y no arrojaba la información a la pantalla.

         — ¡Puta que te parió, hija de remil...! —estalló furioso, temiendo lo peor; tomó el Transportador para conectarlo al puerto y reingresar la información parcial; tendría que recalcular todo desde cero.

         Pero de pronto la pantalla se volvió a iluminar y deletreó todos los datos requeridos.

         Aún alterado, Tano apretó los dientes al ver la carpeta Home, la única que estaba vacía, la única que importaba, y vacía. ¡Por qué se habían borrado los datos para volver a su mundo, hacía ya más de un mes, por qué!

 

         22:15 hs.

 

         Dante arribó a un nuevo universo paralelo, en una total oscuridad. Parecía encontrarse en la misma cueva que en la otra Patagonia desierta le  servía de refugio. Observó las inmediaciones, a medida que la vista se le acostumbraba a la oscuridad; estaba vacía. Pensó alarmado que hubiera podido ser un cubil, apareciendo en medio de una manada de feroces depredadores. Para la próxima, convendría mejor situarse en la meseta a campo abierto.

         Fue hasta la entrada de la cueva a observar el exterior, la primera comprobación fundamental: desde ahí se veía la costa opuesta del Limay, y que estuviesen o no en frente las luces nocturnas de la ciudad de Neuquén determinaría el quedarse a explorar o volver a la cápsula a seguir abriendo nuevos portales a ciegas.

         Se halló con la oscuridad de un paisaje natural no modificado por la mano del hombre, donde el contorno de las bardas se destacaba contra el cielo estrellado sin luna; nada más.

         Desalentado, salió a la ladera y subió a la cima de la barda para observar todo el contorno. Nada, la estepa patagónica desierta.

         Y sin nadie que le contara la historia de ese mundo, o escritos que le permitieran determinar en qué momento del pasado se había separado de su propio universo, no le servía de nada para los cálculos en la computadora: el paralelismo podía haber surgido hacía un siglo o diez mil años atrás, o cien mil.

         Entonces vio, a lo lejos hacia el noreste, una luz que subía lentamente al cielo.

         Parecía una bengala.

         A fin de cuentas sí había presencia humana, pensó Albareti, entusiasmado; y con tecnología actual. Valdría la pena investigar un poco. De día podría observar mejor el paisaje.

         Mientras encendía el T-Cero, se dio cuenta de que al actuar sumariamente descartando ese universo sólo porque no veía una ciudad en la oscuridad, casi no se había enterado que había una civilización moderna allí; y pensó cuántos de los mundos que visitó y que no había explorado por suponer que no valía la pena tal vez le habrían aportado información fundamental: y quizá hoy ya estaría en casa. Se juró no volver a sacar conclusiones apresuradas sobre los universos nuevos, hasta no haber por lo menos visto todo a la luz del día.

 

         Lunes 19. 08:30 hs.

 

         En el filo de la barda, agazapado entre los arbustos, observaba estupefacto el panorama con su largavista.

         Una vez que se cargaba el Transportador portátil con la información de la computadora, podía ir directamente de un universo a otro sin necesidad de utilizar la cápsula; así que se había vestido con las ropas que venía usando la última semana y se trasladó directamente desde su cueva refugio.

         La costa del río, allá abajo, estaba resguardada por una cerca de tres metros de altura rematada por rollos de alambre de púa en espiral, como en las películas de los campos de concentración. La alambrada, de la que en la oscuridad de la noche no se había percatado, seguía la línea ribereña hasta donde se perdía la vista, a izquierda y derecha.

         A lo lejos, en la zona en que vio aparecer la bengala nocturna, ahora se alzaba una columna de humo negro.

         Comenzó a escucharse muy a lo lejos un ruido mecánico constante y repetitivo; Tano miró alarmado a su alrededor, al identificarlo y no poder determinar de dónde procedía; pero segundos después lo vio: un helicóptero, que venía en vuelo rasante siguiendo la línea del Limay, por debajo del borde de la barda donde él se encontraba, y si bien a esa altura no lo podían ver, se estiró en el suelo, tenso y preparado para huir. Erizado de misiles, el aparato camuflado con los tonos pardos y grises de la estepa patagónica ostentaba las insignias de la Royal Army.

         Era un helicóptero británico.

         En la costa opuesta, allá abajo, algo se movió.

         Dante observó con los prismáticos y, para mayor asombro, descubrió que se trataba de un pequeño rebaño de cabras guiadas por un pastor y su perro. La fisonomía del muchacho permitía suponer que era un descendiente de aborígenes, mapuche o tehuelche, y vestido como los peones de campo de su mundo.

         Las cabras se fueron a tomar agua y el pastor se sentó en una piedra, mordisqueando un yuyo, ocioso, e indiferente al ominoso panorama circundante. Pero al volverse, Albareti advirtió que llevaba un arma de fuego oculta en la espalda.

         A unos kilómetros al norte, donde, en su universo, se levantaban los edificios del barrio Alta Barda, el ambiente se estaba animando.

         Distinguió otro helicóptero que hacía circunvoluciones sobre un punto determinado, mientras se escuchaban, a la distancia, los ecos de disparos y detonaciones. En eso llegaron en apoyo tres helicópteros más grandes, se formaron en abanico y comenzaron a descargar todo su arsenal a la vez; si en el punto cero había un foco enemigo, ya no quedó mucho, ni de enemigos, ni de vegetación ni de nada más que piedras calcinadas.

         De pronto las aeronaves se dispersaron intempestivamente, en maniobras evasivas. De atrás de la barda surgieron pequeños hilos blancos algo erráticos que Tano supuso serían obuses o misiles tierra-aire. Uno de los helicópteros explotó en mil pedazos; Dante sintió cierta satisfacción, intuyendo que acaso las posiciones terrestres fueran argentinas.

         Pero no terminó todo ahí.

         A los cinco minutos pasaron sobre su cabeza desde el sur dos cazabombarderos que dejaron allá en las bardas una kilométrica cortina de fuego.

         Habían regado toneladas de napalm, los malditos.

         Podía ser una verdadera masacre, si había mucha gente ahí.

         Albareti comenzó a sentir náuseas. Tomó el T-Cero y buscó el botón para salir de ese detestable mundo.

         De pronto sintió junto a su oreja derecha un aliento fétido. Asustado, giró la cabeza mientras oprimía el botón verde. Ahí, mirándolo a los ojos, un puma abría las fauces para seccionarle la garganta, mientras todo comenzaba a vibrar.

 

         09:30 hs.

 

         Temblaba.

         Se había meado los pantalones, y temblaba tanto que le fue imposible prender un cigarrillo, ahí tirado sobre la bolsa de dormir.

         No fue un puma.

         Fue la muerte la que lo miró a los ojos y le descargó su aliento, su aliento de muerte.

         No comió nada en todo el día, y a la noche se encerró en la carpa iglú, en posición fetal.

 

         Martes 20 y miércoles 21.

 

         Cuando la dureza del suelo le entumeció los músculos después de horas y horas vegetando, salió de la carpa, hizo sus necesidades en el rincón más alejado, sin salir de la cueva, y se volvió a meter en la bolsa de dormir, a fumar un cigarrillo tras otro, sin parar; consumió cuatro atados seguidos el primer día, hasta que se retorció, descompuesto.

         El segundo día bebió agua.

         Esa misma noche se sintió más tranquilo y probó unas galletitas con té.

         Después pudo al fin dormir varias horas sin que las pesadillas lo despertaran agitado. Pero lo siguieron acompañando en su intranquilo sueño.

         Pasarían un par de semanas antes de que esas pesadillas desaparecieran, y sólo para ser reemplazadas por ese obsesivo sueño agitado sobre el incidente donde casi había chocado con el Scania.

 

         Jueves 22. 09:15 hs.

 

         Cuando subía la ladera con los baldes de agua, observó su cueva.

         Se dio cuenta que el desprolijo enramado con el que protegía la entrada era lamentable. Podía evitar que entrasen perros u otros animales indolentes, pero su endeble estructura no resistiría, por ejemplo, la embestida de un jabalí furioso; y lo más importante, su eficacia era nula ante un ágil felino que lo único que debía hacer era saltar por sobre los escasos dos metros de ese cerco desparejo.

         Trabajó a orillas del río, con el serrucho y machete sustraídos en su momento de una ferretería del Neuquén paralelo, cortando troncos largos y rectos, de tal manera que abarcasen la totalidad del diámetro de la cueva.

         A última hora de la tarde tuvo suficiente madera para hacer una buena empalizada. Se le ocurrió que si usaba clavos largos en vez de la soga que primeramente había previsto, simplificaría el trabajo y el resultado sería incomparablemente mejor; claro que para proveerse debía incursionar nuevamente por esas calles patrulladas de celosos policías.

         A diez metros, apareció del pajonal una especie de nutria gris, husmeando el aire. Tano sacó su pistola, de la que ahora no se desprendía nunca, y apuntó al pequeño depredador de bichos, quien simplemente se volvió a ocultar  entre los yuyos, tranquilamente; un momento después escuchó cómo más allá, se zambullía en el río.

         Pensó que un día de estos podía volver a salir a cazar, ahora que tenía un rifle; sería muchísimo más fácil que en aquellos primeros días de desesperación, cuando tuvo que usar solamente manos y piedras.

 

         21:00 hs.

 

         Después de la larga jornada de trabajo, comenzó a sentir en los brazos las consecuencias del desacostumbrado esfuerzo físico. Se hallaba agotado, pero su ánimo había operado una increíble mejora.

         Devoró medio kilo de arroz hervido y el poco pan duro que le quedaba; mientras terminaba la cena con un té con leche en polvo, y le ganaba el sopor, decidió que la próxima noche volvería a la ciudad, a buscar sus malditos clavos.

 

         Viernes 23. 20:50 hs.

 

         Los comercios comenzaban a cerrar sus puertas. La Olascoaga, que aquí ahora se llamaba Avenida Comandante Che Guevara, se despoblaba de gente, y en sus veredas, Dante Albareti, visitante clandestino de un universo paralelo, parecía un transeúnte más.

         En un inesperado arranque de audacia, esa mañana había decidido no sólo volver a las calles donde lo arrestaran, sino además en ese horario, para mezclarse con la gente. Había lavado el segundo juego de prendas de vestir que usaba, dejándola secarse al sol, y se había dado un buen baño en la cueva, con agua calentada en las dos ollas que usaba para cocinar, vertiéndosela a baldazos para escurrir el jabón; sin embargo decidió no afeitarse, dejándose esa incipiente barba de más de un mes, acorde con los usos de esa Argentina sanmartiniana, saturada de barbas desde canillitas a Comandantes; y en vez del sobretodo impregnado de vino, se probó la campera corta estilo aviador. El conjunto se veía pulcro, sin olores desagradables ni humo: por lo menos ahora no parecía un linyera.

         Con esa apariencia más decente, y confundido entre la gente en ese horario legal, se sentía más seguro. Si eventualmente un policía le pedía documentos, planeó hacer lo que estúpidamente no hizo aquella primera vez: sonreír cordialmente, meter la mano al bolsillo y tranquilamente sacar el Transportador, que parecía un celular, y evaporarse delante de todo el mundo; eso significaría el fin de los paseos diurnos, pero no se arriesgaría otra vez; pero mientras no ocurriese...

         Una hermosa mujer, con elegante traje rojo como de azafata, lo miró y le dedicó una fugaz sonrisa al pasar.

         Bueno, parecía que a fin de cuentas su aspecto estaba algo más que pulcro.

         Pensó si acaso aquí viviría también su amiga Tamara, empleada del Banco del Neuquén, con quien tenía fogosos encuentros cada tanto; pero era poco probable que siquiera existiera; en su mundo, ella había nacido en 1980, y ya sabía que aquí todo comenzó a cambiar a partir de 1973, con efecto dominó y a valores geométricos; la única seguridad era con la gente y las cosas de antes de la ramificación, como con sus padres y la casa de su infancia... o él mismo.

         Allá donde las vías del tren cortaban la Olascoaga/Che Guevara, descubrió que la católica estatua a la Madre en cemento había sido reemplazada por una briosa figura en bronce de una mujer con camisa arremangada, sosteniendo un niño en un brazo y con la otra mano extendida en alto con los dedos en ve.

         Dobló a la izquierda por Sarmiento, calle cuyo nombre extrañamente no fue tocado por la revolución, siguió un par de cuadras y al doblar por Láinez, rebautizada Cordobazo, encontró lo que buscaba: una ferretería; y justo al lado de un almacén.

         Decidió esperar a que se hiciese más tarde; cerca de medianoche y antes del toque de queda podría regresar por las calles desiertas y actuar sin curiosos inoportunos.

         Volvió por Comandante Bullrich, ex Alcorta, y retomó la Che Guevara hasta cruzar la vías a Avenida Argentina. Junto al Monumento a la Compañera Madre, como rezaba la placa, se quedó de una pieza al ver la Cartelera de Servicio Social: junto a las propagandas y decretos gubernamentales, la policía había pegado un cartel titulado Criminal buscado, con un identikit de su propio rostro, y la leyenda "asalto a supermercado y conspiración".

         Parece que el voluntarioso cabo Painemil estaba uniendo las piezas sueltas.

 

         23:40 hs.

 

         Atisbó el interior de la ferretería a oscuras, y calculó que desde donde estaba parado hasta el frente del mostrador había cuatro pasos. Giró y caminó contando hasta situarse frente a la reja del almacén: eran seis pasos de lado.

         Volvió a la primera ubicación, frente a la ferretería, y miró a los costados para cerciorarse de que nadie andaba por ahí; sólo un perro vagabundo olía los postes, allá en la esquina.

         Accionó el T-Cero y, con la vibración, el paisaje urbano fue reemplazado por la estepa patagónica. Avanzó entre los neneos los cuatro pasos respectivos y volvió a operar el Transportador: ahora se encontraba dentro del local. Ninguna alarma sonó; sabía que en los comercios pequeños tendría menos impedimentos de ese tipo, sobre todo de cámaras de vigilancia impertinentes.

         Afuera, el can ladraba desenfrenado; el muy maldito se dio cuenta de que algo inusual había sucedido.

         Recorrió la ferretería con su linterna recolectando los materiales que necesitaba: clavos de distintos tamaños, martillo, bisagras, tornillos y destornilladores, y por las dudas otras herramientas que no sabía si llegaría a usar alguna vez; depositó todo en una carretilla y se situó con ella frente a la pared que daba al almacén; prendió el T-Cero; seis pasos en el descampado y de nuevo a la ciudad: ahora se hallaba dentro del almacén.

         Afuera el perro redobló sus ladridos, el muy vigilante, ni que fuera la mascota del almacenero.

         Acumuló en la carretilla varios paquetes de alimentos no perecederos, un poco de fruta, pan y fiambres; contrariado, no encontró cigarrillos por ningún lado. Junto a la caja registradora vio una radio portátil; sería buena idea utilizarla para intentar captar frecuencias que delatarían la presencia de la civilización moderna en los mundos que exploraba, cuando no apareciese en el paisaje el más mínimo indicio de presencia humana; y seguidamente para obtener información fundamental antes de ir a meterse en desconocidas calles con quién sabe qué peligros.

         Al tomar el receptor reparó en la caja registradora. Nunca se le había ocurrido tomar dinero; eso sí lo sentía como un robo, si bien todo lo otro que sustraía también constituía un delito; pero no podía saber si lo llegaría a necesitar con urgencia en alguna eventualidad. La gaveta no poseía llave, así que simplemente la abrió y tuvo ante sí los billetes de distintas nominaciones; tenía ya una idea del poder adquisitivo de esa extraña moneda, llamada Nacional y de próceres clásicos como Mariano Moreno, San Martín y Belgrano compartiendo cartel con otros rostros nuevos, de los cuales por supuesto sobresalían el Che y Evita; a desgano, tomó sólo lo suficiente como para, por ejemplo, poder pagar un taxi para escapar o para una reveladora llamada telefónica larga distancia.

         Entonces se prendieron las luces del almacén.

         A la usanza de los boliches de barrio, el local era una extensión de la vivienda de los dueños, conectada por una puerta por la que surgió una anciana que, sin percatarse del intruso, fue tranquilamente a la estantería de los artículos de limpieza de donde sacó una lavandina en botella, como se acostumbraba envasarla en esa Argentina. Al volverse, se encontró frente al desconocido. Pegó un grito y soltó la lavandina, que estalló en el suelo.

         Tano se alejó dando la vuelta por la otra punta del mostrador, hasta la carretilla llena de mercadería, que aferró con una mano mientras con la otra manipulaba nerviosamente el Transportador. Lo último que vio fue a la anciana tomándose el pecho y vacilando, como a punto de sufrir un ataque. Afuera, el perro vagabundo seguía ladrándole.

 

         Sábado 24. 01:00 hs.

 

         Le tomó un tiempo llevar, con dificultad, la carretilla por el terreno irregular los dos kilómetros hasta la costa del Limay, donde hizo varios viajes con el kayak llevando la mercadería a la costa opuesta. Y de allí todo ladera arriba hasta la cueva.

         Terminó a las cuatro de la madrugada, pero en vez de irse a dormir, se quedó hasta el amanecer contemplando la radio Spika que le había robado a la pobre anciana. En la correa tenía enredado un rosario, que en el apuro no alcanzó a separar. Tal vez debería rezar por la salud de la viejita, esperando que no hubiese ocurrido lo peor. Si no, a su cartel de Criminal buscado deberían agregar asesino.

         Hacía tiempo que no experimentaba ese desagradable sentimiento tan cristiano: la culpa.

         Recorrió con los dedos las cuentas del rosario, sin poder recordar bien cómo era la sucesión de plegarias que le habían enseñado en catecismo. De pronto descubrió que la imagen de la medallita no era de la Virgen, sino de Eva Perón; Evita para los peronistas, y al parecer ahora Santa Evita.

 

         13:20 hs.

 

         Cabizbajo, construyó la nueva empalizada de la cueva, con los troncos verticales principales enterrados en el suelo y los transversales fijados con clavos de seis pulgadas; en un costado inferior instaló un pequeño portón, fijado con bisagras, que le permitía abrir y cerrar como si fuese una verja a la vereda. Volvió a camuflar todo con ramas, y después de considerar satisfactorio el resultado, le dio la espalda y se fue a sentar a orillas del río, a pensar, siempre con el rosario entre los dedos.

 

 

 

 

 

Capítulo Séptimo

 

         Lunes 26 de noviembre, 2007. 17:30 hs.

 

         A partir de los cálculos arbitrarios con que abrió varios portales, ahora sólo necesitaba las fechas exactas de ramificación de dos universos para poder establecer, por triangulación, la tercera ecuación que lo llevara a casa. Tenía uno: el de la Argentina sanmartiniana, con una fecha de inicio sólo aproximada, pero por ahora era lo único con que contaba. Porque de todos los otros universos explorados, solamente podía sacar algo en limpio de esa Patagonia de frontera caliente, con británicos instalados quién sabía cómo atacando a un enemigo quién sabía de qué bandera. Que no existiese la ciudad de Neuquén ya hablaba de un paralelo de por lo menos hacía más de un siglo; todo lo demás, era mera especulación: ¿habría cambiado todo con las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, ahí triunfantes? ¿o cuando reocuparon Malvinas en 1833, continuando su proyección a toda la Patagonia? ¿Y quiénes resistían en las bardas? ¿argentinos, chilenos, o tal vez mapuches? o quizá era todo una realidad histórica inimaginable. ¿Y por qué los ingleses actuaban con tanta saña? le recordaba demasiado los contrataaques de represalia por actos terroristas que Israel hacía contra los poblados musulmanes vecinos. Con tan pocos datos, no podía hacer mucho, y como ya había decidido que no regresaría a averiguar más nada a ese infierno de guerra y pumas que, como los tigres de Camboya, estaban habituados a comer soldados moribundos abandonados, sólo podía aventurar una fecha cualquiera, siguiendo la poco científica intuición; finalmente eligió en forma arbitraria el año 1845, por la batalla de Vuelta de Obligado. Ahora a la cápsula, a que la maldita computadora armara la tercera ecuación.

 

         21:40 hs.

 

         No terminó la vibración de la transportación cuando Dante ya se dio cuenta que, sin lugar a dudas, ése no era su universo.

         Y que ni se le acercaba por cientos de años.

         O millones.

         En vez de pisar el suelo arenoso de la meseta, se hallaba sobre una lisa superficie vidriada, blanquecina, que reflejaba difuminada su imagen de astronauta.

         Y en vez del paisaje estepario nocturno, había incontables y gigantescas columnas, irradiando luz, perdiéndose en las alturas, ubicadas simétricamente en cuadrícula a un kilómetro de distancia unas de otras, hacia los cuatro puntos cardinales hasta donde alcanzaba la vista.

         El cielo era amarillo, o bien un monstruoso techo cubría el mundo en la estratósfera; esto ya no parecía tan descabellado, considerando las dimensiones de toda esa arquitectura a su alrededor.

         Y sospechó que eso no era obra de seres humanos. La conclusión era antojadiza y apresurada, pero lo sabía.

         Hacia el este, sobre esa superficie artificial tan extensamente plana, distinguió a lo lejos tres figuras oscuras que se acercaban lentamente, flotando como espectros.

         ¡Adiós, hasta nunca jamás! casi vocalizó Albareti, con el cabello erizado, accionando el T-Cero.

 

         22:00 hs.

 

         Su intuición con la batalla de Vuelta de Obligado para la segunda referencia había sido desastrosa. Debía admitir que otra vez estaba probando a ciegas, dando manotazos de ahogado como en los primeros días.

         Pues bien, no tenía alternativa. Tendría que seguir así, a riesgo de aparecer en medio de un volcán en erupción, hasta dar por casualidad con un universo más prolijo. Y en el interín, seguir metiéndose en la boca del lobo del Neuquén sanmartiniano para obtener suministros, como un bandido cruel asustando ancianitas, con el abnegado cabo Painemil siguiendo sus pasos y la posibilidad de que apresasen al legítimo Dante Albareti barbudo de ese mundo.

         Todo esto era una locura.

 

         Martes 27. 21:15 hs.

 

         Nuevo universo. Allí se encontraba el normal cielo nocturno estrellado sobre su cabeza, y la normal meseta bajo sus pies. En su entorno, el normal horizonte de estepa árida. Pero no había ni rastros de ciudad; ni la más mísera luz de ranchito, o de vehículo recorriendo ruta alguna. Parecía que había caído en otro mundo prístino y desierto.

         Por lo menos era más familiar que el escalofriante universo artificial anterior.

         Prendió la radio portátil; nada en FM ni en AM. Pensó que tal vez debería conseguirse un receptor más completo, con más bandas, como ese que tenía su padre, con el mapa del mundo, con el que captaban la BBC, Radio Moscú y cualquier emisora en el punto más remoto del planeta.

         Volvería a examinar este paisaje a la luz del día por si la oscuridad le estaba ocultando algo interesante.

 

         Miércoles 28. 07:50 hs.

 

         Hacia el sur, a unos tres kilómetros, distinguió con el largavista un solitario monolito blanco en medio de la estepa, iluminado por el sol.

         No era una piedra natural forjada por la erosión eólica como en el Valle Encantado, cerca de Bariloche, eso era indudable.

         Decidió investigar. Sabiendo que llevaba la pistola al cinto para su seguridad, se puso en marcha, prestando permanente atención al paisaje circundante, pues se hallaba muy expuesto así, sin árboles para ocultarse, caminando en medio del páramo, visible a cualquiera a kilómetros.

         La aguja se encontraba más lejos de lo que creía, y a medida que se acercaba descubrió que en realidad se trataba de un pequeño edificio de piedra, rematado por la columna de más de cinco metros de alto; un camino pasaba atrás de la construcción, de este a oeste: así que tal vez era un refugio para viajeros.

         En la punta del monolito se dibujaba un símbolo: una estilizada figura humana negra, como en los carteles de tránsito, contra un círculo rojo. ¿Era posible que se tratara de una señal vial? con ese círculo rojo, a Tano se le antojó una indicación del estilo "prohibido el paso de peatones".

         Lentamente, con el Transportador preparado en la mano izquierda y, como el bizarro cowboy espacial de los malos cuentos de ciencia ficción que no quería parecer, con el arma en la derecha, rodeó el refugio. Entre éste y el camino, había una explanada circular de piedra, en cuyo centro una gran roca cuadrada sostenía una enorme fuente de hierro ardiente, como la de los Juegos Olímpicos; al pie, unos caranchos picoteaban los restos carbonizados de un animal, sobre una gran mancha sanguinolenta seca.

         Ahora todo el conjunto parecía, más que una posta para viajeros o un faro guía, un primitivo templo pagano. Y no precisamente de una cultura aborigen patagónica.

         Se asomó por el umbral del edificio: el aire apestaba. En la penumbra distinguió en un rincón cuatro chivos, atados y echados sobre pasto seco.

         En el otro rincón, se hallaban dos hombres tirados en el suelo, durmiendo, vestidos con togas rojas.

         ¿Valdría la pena arriesgar a intentar comunicarse con ellos? Este mundo arcaico seguramente no manejaba el calendario cristiano gregoriano, como para obtener la información que necesitaba para los cálculos en la computadora. Y eso una vez superada la barrera idiomática: ¿qué hablarían? observando la apariencia de semejante lugar, daba para imaginar algo como el caldeo o el babilónico.

         No tuvo tiempo para decidir. Uno se despertó, y lo miró, aterrorizado; era apenas un muchachito flacucho. Dante se quedó helado, pero no escapó; tenía la pistola, y ellos no parecían contar ni con una mísera lanza cerca.

         ¡Jaba! ¡Jaba! —balbuceó el chico, sacudiendo el hombro del otro, un anciano con abundante barba blanca, quien al fin reaccionó, y al ver al extraño quedó igualmente impactado.

         Tza tzajana —señaló, temblando, el arma de Albareti.

         ¿Era posible que supieran de qué se trataba ese objeto? Eso le convenía: no tendría que demostrarlo en forma dramática y fatal, y los mantendría bajo control; por lo menos hasta que decidiera qué hacer en ese mundo sacado de las historietas de Conan el Bárbaro.

         El viejo dijo una frase ininteligible al mozalbete y ambos se arrodillaron, para reverenciar al visitante.

         Tanto mejor. Tal vez creían que se trataba de un dios. Si se hiciese entender, podría exigirles que le entregaran un chivo, para asarlo después en su cueva; sin contar las espantosas aves que comió los primeros días, hacía más de un mes y medio que no probaba carne fresca y tierna.

         El anciano habló otra vez y el jovencito fue, de rodillas, hasta el otro rincón, desatando a uno de los animales.

         Tano se alarmó. Después de todo lo que ya había visto en otros universos, que éstos tuviesen telepatía no le resultaba descabellado. Apartó su pensamiento de cualquier dato revelador concentrándose en una sola idea: chivo asado, rico chivo asado...

         Con ininterrumpidas reverencias, y siempre de rodillas, ambos se dirigieron con el animal a la salida. Dante retrocedió para dejarles pasar, manteniendo una prudente distancia.

         Una vez en la explanada circular, el viejo apartó a puntapiés los restos que habían hurgado los caranchos, y mientras el muchacho sostenía firmemente al chivo, sacó un puñal de entre los pliegues de su vestidura y lo clavó en el cuello hasta el mango, haciéndolo girar insistentemente para agrandar la herida. Al final resultó que sí tenían armas. La sangre chorreó aparatosamente para todos lados, mojando a los ejecutantes; ya comprendía Albareti por qué las togas eran de ese color.

         Mientras el pobre animal aún pataleaba agonizante, lo alzaron y lo arrojaron a las llamas de la fuente ardiente.

         ¡No! pensó Tano, no era así el asado que tenía en mente.

         El chico fue hasta el interior del edificio y salió con un ánfora, que alzó y vertió en la fuente: un viscoso líquido oscuro que provocó una espectacular llamarada con un inmenso humo negro; ¿acaso ese combustible era petróleo crudo de la región?

         Anciano y mozalbete lo miraron, satisfechos y sonrientes, señalando su ofrenda ritual, que se carbonizaba irremediablemente. Dante concluyó que a fin de cuentas ellos no tenían telepatía.

         Una vez concluído el ritual, la actitud de los que supuso eran sacerdotes cambió totalmente; parecían mucho más relajados. El viejo le ordenó algo al jovencito y éste trajo ahora un paño verde que extendió en el suelo, sobre el cual depositó un cofre mediano de madera; el anciano se sentó en el suelo y con gestos invitó a Albareti a imitarlo, quien le sonrió pero no aceptó; el muchacho trajo una fuente, una jarra metálica con agua y un paño blanco; el viejo, después de lavarse las manos en la fuente, volvió a invitar al visitante, cordial, mientras abría el cofre: contenía manzanas rojas pequeñas y otros frutos disecados; al parecer lo invitaban a desayunar; bien, por qué no, siempre que no estuviesen envenenados; el anciano tomó uno y lo comió, lo mismo el chico cuando terminó de lavarse las manos; Tano acabó sentándose frente a ellos y, lavándose las manos también, probó una manzana.

 

         10:20 hs.

 

         Por el camino del oeste llegó un veloz jinete.

         Sobre un caballo negro y con un arco a la bandolera, sus vestiduras y rasgos le daban la apariencia de un guerrero mongol de la época de Gengis Kan.

         Los sacerdotes —ahora se dio cuenta que éstos en cambio tenían rasgos semitas—, se adelantaron a recibirlo.

         El arquero les dio unos gritos, no muy respetuosos, y miró extrañado a Dante, quien se mantenía lejos y alerta. Los monjes hicieron una leve reverencia con la cabeza, y le comentaron algo señalando a Albareti, repitiendo esa palabra: tzajana. El jinete volvió a mirar a Tano, con el ceño fruncido, como pensando "qué estupidez dicen éstos".

         El viejo se dirigió a Dante, gesticulando, repitiendo para hacerse entender:

         Tza tzajana; ¡tzajana!

         Albareti, no del todo seguro de lo que interpretó, alzó lentamente la mano derecha, exhibiendo la pistola, que había mantenido oculta tras suyo.

         No esperaba esa reacción: el guerrero de aspecto feroz gritó aterrado y desmontó, o más bien cayó del caballo, se quitó el arco, el carcaj con flechas y un puñal del cinto, armas todas que arrojó delante suyo; arrodillado y con la cabeza tocando el suelo, comenzó a lloriquear como un crío.

         Tano miró a los sacerdotes interrogadoramente: ¿y ahora qué?

         El viejo carraspeó y, adoptando una actitud solemne, recitó lo que parecía un conjuro; miró a Dante y repitió la última frase con fuerza:

         Ili agajani; ¡ili agajani! —y levantó las cejas, incitándolo.

         — ¿Ili... agajani? —repitió Albareti, inseguro.

         Parecieron las palabras mágicas. El arquero se levantó, aliviado, largando una chorrera de frases en otro idioma más elástico que el de los monjes, que acaso debían entenderse como eternos y efusivos agradecimientos por perdonarle la vida. Y sin más, dio media vuelta, corrió y de un salto montó su caballo, que salió disparado por donde había venido. Todas sus armas quedaron allí, en el suelo.

         Tano tuvo ganas de hacer lo mismo: dar media vuelta y salir corriendo por donde había venido.

         Pero la curiosidad podía más.

         Los hombres de esta civilización conocían las armas de fuego, pero no las utilizaban, o bien no tenían la tecnología para fabricarlas. Más bien les aterraban, y pretendían conjurarlas con magia, como si fuesen inexplicables artilugios de origen divino. ¿Sería posible que otros exploradores dimensionales como él ya hubiesen estado en este mundo arcano antes?

         El anciano se acercó y comenzó a hablarle extensamente. Ante esa inutilidad, Dante le interrumpió:

         — Dante Albareti —dijo despacio, indicándose a sí mismo—, Dante.

         El sacerdote no comprendía, y Tano repitió palabras y gesto. Pero aquél creyó que se trataba de un saludo o una bendición, y repitió:

         D-ante —poniendo la mano en el pecho, cerrando los ojos con mucha devoción.

         Albareti movió la cabeza, dándose por vencido. Pero entonces fue el mozalbete quien intervino, con el rostro iluminado, señalando al visitante.

         ¡D-ante, D-ante! Ise pza, Jaba, ise da D-ante —le explicó al otro.

         El viejo sonrió, comprendiendo al fin, y ahora se indicó a sí mismo, con otra actitud:

         Ogaba ise ja Jaba; Jaba.

         — Jaba —repitió Tano, señalándolo.

         Cordizio ise oga ogaba pa Paltzani —intervino el jovencito, indicándose—; Paltzani.

         Bravo. Al fin estaban todos debidamente presentados.

 

         15:00 hs.

 

         La caravana era inmensa.

         Una hora antes de su llegada, divisaron la nube de tierra que levantaba su marcha, lenta pero inexorable.

         Después de aprender los rudimentos del idioma de los monjes, es decir, términos básicos que designaban afirmación y negación, algunos sustantivos comunes y verbos, Dante pudo entender que venían uno o varias personas muy importantes a este templo, o que pasarían por el camino.

         Uno o varios, lo cierto era que venían acompañados por otros miles.

         Primero llegaron, o más bien siguieron camino sin detenerse, unos cientos de arqueros similares al que había estado antes. Por supuesto a Albareti le fue imposible distinguirlo entre tantos; quien tampoco se acercó a reclamar sus armas abandonadas, que el muchacho Paltzani había guardado junto a los chivos.

         Detrás venían otros cientos de jinetes con armaduras y alabardas: la caballería pesada. Y a continuación, un grupo de caballería muy distinguido, con uniforme engalanado, que, a juzgar por la gran excitación que demostraban los monjes, debía tratarse de la división de elite del núcleo de la caravana, custodiando a las personalidades más importantes.

         Nueve carros inmensos, tirados por bueyes, se detuvieron frente al altar. Del primero y el último descendieron docenas de guardias con túnicas azules armados hasta los dientes, que se desplegaron en el perímetro de las carretas; teniendo en cuenta la baja estatura general que Dante notó después en la gente que vivía en esta civilización, estos guardias azules le sacaban una cabeza de altura: la elite de la elite.

         Dos jinetes partieron en direcciones opuestas del camino, haciendo sonar unas cornetas con una serie determinada de notas largas y cortas que repetían sin cesar. Hacia el este, las tropas que acababan de pasar se detuvieron y comenzaron maniobras de reagrupamiento; hacia el oeste, atrás, otras docenas de carros de carga, más pequeños, se dispersaban en distintas direcciones, seguramente para constituirse cada uno en centro de abastecimiento de una determinada división de ejército; aún más atrás, Albareti distinguió otra masa de jinetes moviéndose, y era de suponer que en similar cantidad que el grupo de vanguardia.

         De los carros principales salieron una miríada de sirvientes, chambelanes y cortesanas que desplegaron, frente a la explanada del templo, estandartes, alfombras y toldos de seda.

         Finalmente, se corrieron las cortinas del carro central, el de mayor magnificencia, tan voluminoso como una lancha de desembarco del Día D en Normandía, y surgió quien, después de toda esa parafernalia, debía ser por lo menos el sagrado emperador de Sudamérica, seguramente.

         Tano ya sabía, por las trabajosas explicaciones del anciano Jaba, que aquél era o el rey, o un príncipe, o el primer ministro absoluto, cuyo nombre era Ainalodiu... su nombre o bien su título dignatario, quién sabe. Sus rasgos no eran ni semitas ni mongoles; parecía un nativo polinesio.

         Un chambelán se acercó al príncipe haciendo reverencias y le informó algo. Ainalodiu asentía, observando a Dante, quien se hallaba a diez metros, en la puerta del edificio de piedra, más atento a los inmensos guardias azules que al dignatario, con un dedo sobre el botón verde del T-Cero. El rey o primer ministro tenía una expresión concentrada de preocupación, lo cual no lo tranquilizaba, precisamente.

         Una vez que el chambelán terminó de hablar, Ainalodiu lo despidió con un breve gesto y se quedó allí, parado, mirando a Albareti. Alrededor, trescientas personas aguardaban en absoluto silencio.

         De pronto el polinesio avanzó hacia él. Automáticamente los cuatro guardias más cercanos lo rodearon y acompañaron, con las manos en las empuñaduras de las espadas.

         Jaba, que se hallaba medio oculto atrás de Tano, le susurró varias veces una palabra, cuyo significado no lograba recordar.

         Ainalodiu se detuvo, a menos distancia de la que Dante hubiera querido. Los guardias no le quitaban la vista de encima.

         Entonces recordó lo que significaba la palabra: no te muevas.

         El dignatario observó la pistola que Albareti mantenía en el cinto del pantalón, aferrada con la mano derecha.

         Pensó en sacarla y exhibirla como hizo frente al arquero. Pero no sabía cómo reaccionarían los celosos guardias.

         "¡No te muevas!" volvió a susurrar el monje, más suplicante que nunca.

         Entonces, lentamente, Ainalodiu se arrodilló.

         Trescientas personas inmediatamente cayeron de bruces al suelo, salvo los guardias azules, tan disciplinados en mantenerse en posición; pero sus ojos se salían de sus órbitas.

         El sumo dignatario se inclinó aún más, y trescientas personas terminaron totalmente tendidas en el suelo. Al parecer en esta corte nadie podía estar a la misma altura de la máxima autoridad, como en otras culturas; salvo los guardias.

         Ainalodiu habló por primera vez.

         A diferencia del duro acento de los sacerdotes, o del ondulante idioma de vocales alargadas del arquero, la lengua de la nobleza era suave y armoniosa; a Tano le hizo recordar el dulce guaraní del Paraguay y el Litoral.

 

         20:00 hs.

 

         Recostado entre lujosos almohadones, Dante disfrutaba de la bebida después de aquellos exóticos manjares compartidos con Ainalodiu. Manjares literalmente compartidos, pues cuando el dignatario vio la reticencia del homenajeado en probar lo que se le ofrecía, se acercó y le convidó de su propio plato y su propia copa.

         Fue una cena muy distendida, al final de la cual aparecieron, en la amplia carpa que oficiaba de salón, unos músicos que ejecutaron con instrumentos de cuerda suaves melodías, como para la sobremesa.

         Albareti no pudo participar de las conversaciones sociales del selecto grupo de nobles que rodeaba a Ainalodiu, lo cual era conveniente, así se mantenía vigilante ante cualquier actitud que pudiera parecer sospechosa. Y para mantenerse alerta, bebió muy poco; aunque lo suficiente como para sentirse más cómodo.

         Cuando los músicos terminaron, el dignatario se levantó; se despidió con palabras que sonaban muy obsequiosas y se fue; tras él, salió toda la cohorte de nobles y sirvientes. Aparentemente, la carpa ahora quedaba a su entera disposición; sólo dos guardias azules quedaron afuera, custodiando la entrada.

         Obviamente, ni se le pasaba por la mente quedarse a dormir allí. Apenas terminase su copa, accionaría el Transportador para volver a su mundo desierto. Que creyeran que el dios volvió a su reino celestial o lo que fuere; en ese país de príncipes orientales ya no tenía nada más que hacer.

         Apareció uno de los caballerosos chambelanes que siempre estaban dirigiendo todo, y tras la reverencia de rigor hizo entrar a ocho bellas mujeres, apenas cubiertas con sofisticadas transparencias de seda.

         ¡Bueno! tal vez podría dilatar un poco más la sobremesa.

         El chambelán dio un discurso grandilocuente, era de suponer que el preámbulo de rutina acerca de la inmensa generosidad o algo parecido del rey o príncipe o primer ministro, y a continuación señaló con ampuloso ademán protocolar a las mujeres, aguardando en silencio.

         Al parecer, Tano debía elegir una o varias. Las cuatro chicas a la izquierda del chambelán eran bastante menudas y poco desarrolladas; calculó que no tendrían más de trece años de edad —Dante no lo sabía, pero en realidad eran de dieciséis, apenas iniciando su desarrollo hormonal, como era lo normal en ese tipo de sociedades preindustriales—; y a juzgar por sus atemorizados rostros, seguramente vírgenes. A la derecha en cambio, las otras cuatro estaban notablemente desarrolladas, y meneaban sinuosamente sus encantos sonriéndole en forma lasciva; eran, a no dudar, cortesanas consumadas, tal vez algo veteranas —nuevamente se equivocaba: contaban con menos de veinticinco años; la vida en un mundo antiguo sin la tecnología, la medicina ni el confort modernos, aún en una fastuosa corte, era difícil.

         Albareti señaló a la cortesana más escandalosa en sus demostraciones.

         El chambelán, algo sorprendido, dio una palmada y todas las demás salieron. La elegida abría la boca y pasaba la lengua por los labios mientras las manos acariciaban el cuerpo.

         Tano explotaba; hacía más de un mes y medio que no comía carne fresca y tierna.

         Un sirviente trajo una mesa baja sobre la cual otro sirviente extendió un paño rojo ricamente bordado, y donde un tercero depositó una bandeja, tras lo cual todos los hombres salieron; el chambelán, el último, le dirigió dos frases de saludo con una reverencia y cerró el cortinado de la entrada tras de sí.

         La bandeja contenía cinco puñales de distinto tamaño.

         La cortesana, con una risita, tomó el primero, el más pequeño, y se acercó lentamente, esgrimiéndolo en alto.

         — ¿Qué hacés? —preguntó atónito Dante, poniéndose de pie— ¡dejá eso donde estaba!

         La mujer se detuvo, extrañada, sorprendida ante el duro tono admonitorio de las palabras que no entendía.

         — Qué pensás hacer con eso —continuó él—, andá para allá.

         La cortesana pareció comprender, y volvió junto a la bandeja, donde dejó el puñal... pero sólo para tomar el segundo y tercero que seguían en orden de tamaño, y sonriente, alzó uno en cada mano y volvió a avanzar hacia él, ahora incluso con mayor entusiasmo.

         El aire vibró al ponerse el funcionamiento el T-Cero, y Albareti desapareció.

 

         22:40 hs.

 

         Una vez en la seguridad de su cueva, Tano acudió a lo único que había extrañado durante todo ese día en el Medio Oriente antiguo de la Patagonia: los cigarrillos.

         Qué placer. Realmente los necesitaba, después de pasar el día más raro de todos los vividos desde que comenzó su aventura, sobre todo por la última situación. ¿Qué intenciones tenía esa cortesana? lunática; lo único que cualquiera esperaría era que ella se recostara sobre los almohadones y abriera las piernas, pero no, ese mundo de historieta tenía que salir con un domingo siete: ¿acaso se trataba de un ritual de sacrificio?

         Prendió un segundo cigarrillo, y, ahora en frío, consideró que tal vez estuvo mejor así. Dejándose llevar por la lujuria del momento, no se le había ocurrido pensar que podía contagiarse quién sabe qué peste desconocida a la que no sería inmune como ellos, a semejanza de los estragos que causó entre los aborígenes la viruela traída por los europeos. O que, estando en lo mejor con la cortesana, entrasen los guardias y lo liquidaran de un sablazo.

         Se dio cuenta de que le quedaban solamente tres paquetes de cigarrillos. Debería reaprovisionarse urgente en aquel Neuquén sanmartiniano de donde venía sustrayendo mercadería. Pero ya no quería saber más nada de robar comercios, como una rata amparado en la oscuridad de la noche. Ya que en la última incursión obtuvo dinero, podría simplemente comprar un par de atados en un kiosko.

         En el kiosko podría comprar también un profiláctico... y con el dinero, ir a sacarse las ganas a algún prostíbulo, si es que en esa Argentina revolucionaria existían.

         Pero descartó la delirante idea. Aún olvidándose del peligro policial, la situación podía tornarse imprevisible: a ver si encima la madama le pedía un carnet de afiliado a un partido oficial o que tenía que pagar con cupones de racionamiento.

         De estos universos paralelos, "razonables" o "desmadrados", realmente ya podía esperar cualquier cosa.

 

 

 

 

 

Capítulo Octavo

 

         Jueves 29 de noviembre. 22:30 hs.

 

         Siempre enfundado en su traje a presión, Dante abrió un nuevo portal calculado al azar y, en la oscuridad de la noche, se encontró enterrado en arena hasta el cuello. Apenas pudo mover los dedos para accionar nuevamente el T-Cero de regreso al Limbo.

         Una vez en la cápsula, meditó la cuestión. No vio luces de ciudad por ningún lado, y con toda esa arena, obviamente era otro universo bastante alejado del suyo. Pero se había impuesto una rutina de exploración, y el segundo paso era observar todo a la luz del día, aunque fuera sólo los cinco minutos necesarios para confirmar que allí no había nada que valiese la pena. El problema en este caso era cómo evitar la arena.

 

         Viernes 30. 08:00 hs.

 

         Construyó una tarima con los troncos y ramas gruesas que le habían sobrado de la empalizada, y la instaló sobre la barda, en el lugar donde hacía los traslados dimensionales.

         La tarima le llegaba a la altura del cuello.

         Se puso el traje y, ya con la información almacenada en la memoria del Transportador, se subió a la tarima y pasó directamente al nuevo universo abierto. En vez de la tarima, ahora pisaba sobre la arena, así que estaba libre de movimientos.

         Contempló el panorama.

         Todo el paisaje era una sola masa de arena uniforme. No había un solo arbolito en pie, y ni el menor rastro de los arbustos esteparios patagónicos. Sólo dunas, un mar de arena amarilla sinuosa que parecía el desierto del Sahara.

         Pero lo que vio al norte no lo esperaba.

         La ciudad de Neuquén sí existía allí, sólo que bajo dos metros de arena. Y los edificios más altos que pudo identificar con sus prismáticos eran los mismos que conocía de su propio mundo.

         Se había equivocado. Ese no era el universo tan obviamente alejado del suyo que supuso anoche. Definitivamente, no debía suponer nada de antemano; por algo se había autoimpuesto una rutina de exploración, aún contra toda "evidencia concluyente".

         Observó el barómetro incorporado en el brazo del traje: la presión atmosférica era normal, aunque algo baja. El termómetro, marcaba bastante más temperatura de la que cabía esperar a esa hora en esa época del año.

         Prendió la radio: nada.

         Parecía que la región era un desierto, no sólo por el paisaje. Si era así, allí delante tenía toda una ciudad para él solo; podría recorrerla sin que policía alguna lo importunase, recolectar cosas que le fueran útiles y, lo más importante, la información que necesitaba para trabajar con la computadora.

 

         09:20 hs.

 

         Mientras se quitaba el traje para usar ropa más cómoda, de vuelta en su cueva refugio, pensó que debería cerciorarse de la calidad de la atmósfera antes de respirar allí; el barómetro indicaba que había aire, pero no su composición. Quién sabía hasta qué extremo la región o el mundo entero había sufrido semejante cambio en tan pocos años; el aire podía estar saturado de dióxido de carbono o algún gas venenoso. Necesitaría instrumentos de análisis atmosférico imposibles de conseguir en esos momentos. Y no podía andar con el traje por tanto tiempo, consumiendo el oxígeno del único tubo que tenía.

         ¿Qué hacer?

 

         19:40 hs.

 

         Al atardecer regresó a ese paisaje de arena, en el traje protector, y con una jaula artesanal que fabricó con ramas; en su interior llevaba, viva, una de esas especie de codornices con que se había alimentado los primeros días. La depositó en el suelo y la protegió del sol cubriéndola con una toalla; de todas maneras, el astro ya se ocultaba, aunque el calor era sofocante. Le dejó agua y volvió a su mundo refugio.

         Una hora después retornó. El ave seguía ahí, tan vital como antes; o por lo menos no cayó asfixiada ni envenenada de manera fulminante. Se arriesgaría a explorar sin el traje entonces.

 

         Sábado 1º de diciembre. 05:30 hs.

 

         Esta vez inició su exploración antes del amanecer. Previendo un clima peligrosamente caluroso, Albareti quería estar de vuelta antes del mediodía.

         Bajo un cielo totalmente despejado, respiró con precaución sus primeras bocanadas de aire desértico, algo enrarecido, pero no percibió nada sospechoso.

         Había pensado ir sólo con unos pantalones cortos, pero podía insolarse, así que finalmente se vistió los beige de estilo carpintero, con grandes bolsillos laterales, que parecían de moda en aquella Argentina Sanmartiniana de donde los consiguió hacía tres semanas atrás; también la camiseta blanca manga larga que usaba para dormir. Y bajo la gorra celeste y blanca con la imagen de Firmenich, también un souvenir del mismo origen que el pantalón, se acomodó la toalla amarilla con la que había cubierto la jaula el día anterior. Al cuello, una pañoleta para cubrirse el rostro por si el viento levantaba arena. En la mochila llevaba dos cantimploras con agua, envueltas en trapos húmedos para mantener su frescura, y varias herramientas que podía necesitar. Al cinto, la pistola automática, y un cargador más en uno de los bolsillos del pantalón.

         Debía parecer una especie de soldado de la Legión Extranjera del siglo veintiuno, o un explorador australiano saliendo de walkabout. Le faltaron los anteojos oscuros; un elemento más de la larga lista de cosas que no había pensado que llegaría a necesitar.

         Emprendió la marcha, descendiendo por una ligera hondonada que dibujaba la arena serpenteando de este a oeste, flanqueada por árboles secos semisepultados, allí donde antes corría el cristalino y fresco río Limay. Las zapatillas se le llenaron de arena en dos zancadas; un par de borceguíes de caña alta era lo siguiente a agregar en la lista.

         Llegó a las primeras casas del barrio Don Bosco de Neuquén, de las que apenas asomaban techos y terrazas. Encontró una de dos pisos, cuyas ventanas sin vidrios de la planta superior ahora estaban casi a ras del suelo. Ingresó por una de ellas a investigar. En la habitación había una cama matrimonial sin colchón, una mesa de luz y una silla; la arena cubría todo el suelo; el placard se encontraba vacío, con algunas perchas solitarias. Revisó las otras habitaciones: igual. Salvo los muebles que suponía inútiles para sus dueños o demasiado grandes para transportar, no encontró ni un periódico viejo para enterarse qué clase de noticias hubo y con qué fecha; ni libros, ni libretas con anotaciones, nada.

         Abandonó la casa y siguió por la que suponía era la calle Ignacio Rivas, pues de los carteles en las esquinas sólo asomaban de vez en cuando alguna punta del poste azul.

         Revisó la siguiente casa de dos plantas que encontró, un par de cuadras más arriba, pero con idéntica suerte. En la esquina, sobresalía la mitad de un cartel metálico de Marlboro: allí había un kiosko, tal vez aún con diarios y revistas reveladores, pero irremediablemente sepultados bajo toneladas de arena; necesitaría una retroexcavadora para abrirse camino.

         Resignado, continuó su camino, apenas echando un vistazo por las ventanas que sobresalían, al comprobar que el escenario se repetía, como si toda la ciudad se hubiese mudado, dejando sólo los muebles. Una evacuación masiva, por qué no; prefería eso a encontrarse, por ejemplo, cadáveres petrificados con el control remoto en la mano.

         Evaluó que tendría mejor suerte en los edificios de oficinas, siempre llenos de archivos con memos y circulares fechadas; o por lo menos el último calendario en la pared. Para ello debía llegar hasta los primeros edificios junto a la Multitrocha de la Ruta 22. Se le dificultaba mucho caminar en la arena, y el calor aumentaba rápidamente; a ese paso, no alcanzaría a llegar hasta el centro de la ciudad, hasta las oficinas del diario La Mañana de Neuquén, si es que existió en este universo, y volver antes del mediodía como tenía previsto; y a juzgar por las condiciones climáticas, debería salir de allí bastante antes si no quería morir insolado: quién sabía en qué condiciones estaba la capa de ozono en ese mundo postapocalíptico.

 

         08:20 hs.

 

         Al llegar a la ruta, cuyo trazado lo delataban sólo los semáforos apagados, pasó junto a una concesionaria de maquinaria pesada, en cuya playa de exhibición descubrió, con ironía, varias retroexcavadoras que asomaban sólo la articulación de sus brazos hidráulicos. Y cruzando la ruta, la planta alta de una firma de autopartes se encontraba llena de paragolpes y otras piezas de carrocería, exhibidos a la calle por ventanales ahora desaparecidos. Tal como se veía todo, la evacuación fue lo suficientemente precipitada como para que los comerciantes no pudiesen alcanzar a poner sus mercaderías a buen recaudo; o quizás ya nada importaba...

         ¿Y si todo el planeta estaba muerto?

         Continuó por la Multitrocha hasta la Avenida Olascoaga, donde ingresó al primer edificio de oficinas que encontró. Aún ese primer piso tenía demasiada arena, así que subió las escaleras en la oscuridad hasta el segundo, donde se metió, forzando la puerta, a una escribanía, según rezaba el letrero. Las ventanas no estaban rotas, y las dos oficinas sólo acumulaban un poco de tierra; un lujo.

         Se tiró, cansado y acalorado, en un amplio sillón. ¡Qué comodidad! hacía mucho que no disfrutaba de pequeños placeres citadinos como ese; y aunque la última vez que se recostó tan blandamente fue hacía sólo tres días antes, entre los almohadones de la carpa de Ainalodiu, entonces no pudo relajarse y disfrutarlo plenamente, atento a todo lo que ocurría a su alrededor.

         Bebió agua y descansó unos momentos, con los ojos cerrados y las manos tras la cabeza, como imaginaba que tal vez hacía el señor escribano, en una pausa del trabajo; o mejor, acompañado de su secretaria.

         Recordó a la voluptuosa cortesana real, tan prometedora como imprevisible. Y aquella sonriente azafata de rojo que se había cruzado en esa misma calle de otro universo. Y su amiga Tamara... Debía volver a su propio mundo cuanto antes: la soledad comenzaba a volverse intolerable.

         Se levantó y revisó la escribanía. Ni una miserable carpeta; se habían llevado todo. Antes de seguir con otra oficina, utilizó el baño; hacía cuánto que no se sentaba cómodamente en un inodoro también; hasta encontró un resto de papel higiénico. Junto al lavabo, habían en el piso sobre papel de diario dos macetas con plantas de interior, de las que quedaban sólo los tronquitos principales, secos; al parecer, no encontraría ningún signo de vida en ese mundo que...

         Apartó bruscamente las macetas, que desparramaron su tierra reseca, y tomó las hojas manchadas y quebradizas; eran del diario Río Negro, de abril del año 1998, sección policiales; los crímenes y accidentes no aportaban ningún dato mundial revelador, como era de esperar, pero por lo menos ya tenía una fecha. Hallaría otros ejemplares en algún lado; con suerte, diarios completos.

         Mientras salía al pasillo pensó que estaría mucho más cómodo en algún departamento de ese Neuquén desierto que en la cueva donde se refugiaba; tendría cama, cocina y baño; hasta podría instalarse en el Hotel Comahue. Pero rápidamente concluyó que no sería práctico: debería importar agua del otro mundo, todos los días y trasladarla a pie por varios kilómetros. Además debería soportar el calor... y quién sabía si no había algún agente nocivo en el ambiente que no se podía detectar, hasta que fuese demasiado tarde.

         Suspiró, e ingresó a la oficina contigua: un estudio contable. Allí encontró una guía de teléfonos; era de 1997, y de la privatizada Telefónica de Argentina, con el mismo diseño de portada que vagamente recordaba que tenía la edición de aquellos años; así que hasta esa fecha todo iba más o menos normal, igual que en su propio mundo. Tal vez la subdivisión e inicio de este universo paralelo fue poco después de abril del '98. ¿Por la caída de un meteorito? ¿alguna catástrofe repentina por el calentamiento global? ¿y de dónde había salido tanta arena? Necesitaba más datos.

         Antes de seguir su búsqueda, consultó la guía. Albareti, Enzo; sí, allí estaba, el mismo número y la misma dirección de sus padres en el barrio Valentina Sur. Se preguntó, triste, qué suerte habrían corrido todos sus seres queridos en este mundo después del desastre. Su hermana Carla. O su ex, Adriana; en ese año 1997, él se encontraba recién recibido, y se habían casado en Buenos Aires, prometiéndose amor eterno; nefasta ironía, si acaso aquí ocurrió también eso, pero a las vísperas del Apocalipsis, donde su amor consagrado en el altar realmente sería "hasta que la muerte los separe".

 

         10:30 hs.

 

         En una agencia de publicidad del cuarto piso encontró un paraguas negro y el par de anteojos oscuros que venía necesitando. Contempló su estampa en un gran espejo de cuerpo entero, junto a la ventana; ahora parecía, más que un explorador australiano, un turista alemán, se le ocurrió, fueren como fueren de verdad dichos turistas. Aunque negro, el paraguas ahora se convertiría en sombrilla; ya vería en la práctica si le servía o no a ese propósito. Recordó la parodia de un programa de televisión donde un explorador perdido en el desierto, ya delirante, hacía la rutina de Cantando bajo la lluvia, mientras los espejismos se desplegaban bajo la forma de coristas con frac siguiendo sus pasos como en un escenario de Broadway. Se quitó los anteojos; la mirada desvariante que ponía el actor cómico se le parecía bastante ahora. Desvió la vista, algo sobresaltado; mejor seguir rápidamente con su tarea y abandonar cuanto antes ese mundo ominoso, no se cosa que...

         Por la ventana, descubrió en la azotea del edificio de enfrente, cruzando la Olascoaga, tres figuras de negro que lo observaban, o presumía que lo observaban, pues no se les veía el rostro.

         Eran las mismas apariciones espectrales que encontró en aquel alucinante mundo artificial de columnas luminosas y cielo amarillo que visitó hacía cinco días.

         Y ahora también avanzaban hacia él, lentamente, como flotando en la terraza.

         Tano ahogó un grito y retrocedió, manoteando el T-Cero del bolsillo lateral del pantalón. ¡No! estaba en un cuarto piso; si volvía a la Patagonia sin ciudad donde tenía su refugio, caería de más de veinte metros de altura.

         Salió corriendo al pasillo oscuro; no tenía la linterna ¡y se olvidaba la mochila! volvió y la sacó de un sillón. Por la ventana, los fantasmas realmente flotaban, y estaban cruzando a su edificio directamente por el aire, a punto de llegar.

         Esta vez sí Dante gritó, espantado.

         Corrió escaleras abajo; los cuatro pisos eran interminables. Se topó con la arena, que había sepultado la planta baja. Recordó que había entrado al edificio por una ventana rota del primer piso, pero en la confusión, ingresó ahora a otra oficina, que tenía el rollo de la persiana externa baja. Tiró de la cinta de enrollar, pero con tanto arrebato que cayó al suelo, con el extremo cortado en la mano.

         Salió al pasillo. La puerta contigua se encontraba cerrada; la pateó pero no cedió. La siguiente se abrió sin dificultad; allí, la ventana se hallaba libre, pero con el cristal intacto. Arrojó la primer silla de plástico que tuvo a mano, pero rebotó, provocando solamente un fuerte cimbronazo del vidrio. No había allí ningún elemento pequeño y a la vez contundente similar a una roca. Tuvo un instante de lucidez y volvió al pasillo: sí, ahí estaba en la pared, un gran tubo extintor de incendios; lo tomó y volvió a la oficina, y así como venía a la carrera lanzó el pesado artefacto contra el vidrio, atravesándolo con gran estruendo; no estalló como el cristal de un auto, como en su desesperación tontamente esperaba, y el pequeño espacio para salir era peligroso, con esas puntas convergentes. Arrojó otra silla y esta vez sí logró despejar mejor la ventana. Saltó y cayó en la arena, en la calle. Miró hacia arriba, presa del pánico, pero no se veían los fantasmas por ningún lado. Presionó el botón verde del Transportador y todo comenzó a vibrar.

         De pronto sintió que caía brevemente y rebotó en el duro suelo, metro y medio más abajo de donde había estado parado en el otro universo, sobre la arena. Quedó desparramado y maltrecho, herido con las espinas de los coirones del Neuquén sin ciudad donde tenía su cueva.

 

         Domingo 2.

 

         Qué desesperado había estado, tratando de ganar la calle para huir de ese mundo, que no se percató en ese momento que no hacía falta: una vez en el primer piso, el T-Cero lo llevaría igual, dentro o fuera del edificio. Se había comportado como un chico escapando de la oscuridad.

         ¿Los espectros fueron reales o producto de su insolada imaginación? Recordó su propia imagen en el espejo, con esa mirada febril de explorador perdido a merced de los buitres. Eran ya siete semanas que se hallaba a la deriva saltando de universo en universo, solo, como un ciego, con un presente precario y un futuro imprevisible. Bien podía ser que su mente estuviese cediendo ante tanta presión; si era así, tenía los días contados.

         O tal vez era peor. Podía ocurrir que toda esa historia de viajes dimensionales fuese una fantasía de su mente alienada, y que en realidad él estuviese en una habitación con paredes acolchadas en lugar de una cueva, con blanco chaleco de fuerza en vez de un traje presurizado. Nunca se le había ocurrido pensar esa posibilidad. Y comenzar a darse cuenta de lo que realmente pasaba sería un progreso, camino a recuperar la cordura: un loco que se da cuenta que está loco ya no está tan loco. Pero a la inversa, si toda esa aventura era real, creerse desequilibrado lo haría terminar acurrucado en un rincón, no de su habitación de manicomio sino en su cueva, verdadera, derrumbado sobre sí mismo y muriendo de inanición.

         No sabía qué determinar.

         Un par de horas después decidió, tomando un té y más sereno, mantener una perspectiva pragmática. Mientras siguiese allí, fuese la realidad o bien la fantasía, haría de cuentas que todo era real, y seguiría actuando en consecuencia, buscando metódicamente la ruta a su universo. Mientras no despertase de toda esa pesadilla no tenía alternativa.

         Se pellizcó muy fuerte, hasta que la taza ya vacía se le cayó de las manos. Pero no despertó; seguía allí. Maldijo, furioso y a la vez desesperado.

 

 

 

 

 

Capítulo Noveno

 

         Lunes 3 de diciembre. 22:00 hs.

 

         A la luz de una fogata, una rubia platinada, con labios protuberantes de colágeno, maquillada y luciendo una bikini atigrada minúscula apenas cubriendo el pubis y los pezones de sus enormes pechos, tenía los brazos en alto hacia atrás, realzando así aún más sus balones de básquet, encadenada a un poste como el de Juan de Garay en la fundación de Buenos Aires.

         — ¡Helpmí, oh-oh-oh, socorro! —gritó agitando sus rulos de peluquería, con un nasal acento centroamericano.

         Albareti, que acababa de emerger a ese nuevo universo, se quedó de una pieza.

         A la mujer la rodeaban cuatro seres reptilíneos, verdes, con hocico erizado de dientes, adelantando lentamente sus garras. De la oscuridad emergieron hombres vestidos como soldados romanos, agitando sus espadas en el aire y derribando a los monstruos con una facilidad increíble; y en realidad, parecía que éstos se habían desmayado antes de que los soldados alcanzasen a tocarlos.

         — Che vos, ¿qué hacés acá? ¡correte! —escuchó de pronto a su lado.

         Sobresaltado, trastabilló y quedó sentado en el suelo, de espaldas a la desvariante situación que acababa de presenciar. Frente suyo, un tipo con los brazos en jarra lo miraba; a diferencia de todos los otros, llevaba ropa normal como en su propio mundo.

         — ¿Qué hacés con ese disfraz? —preguntó el desconocido, con acento porteñísimo, observando el traje blanco presurizado con que Tano ingresaba por primera vez a cada universo nuevo— ¿te manda la agencia?

         Dante estaba anonadado. No había atinado a accionar el T-Cero, y ahora yacía ahí, con la boca abierta, mirando al otro a través del casco. Más allá, junto a una casa rodante, otras personas manipulaban reflectores y una gran cámara filmadora.

         — Che, Maya —llamó el porteño.

         Apareció una mujer, con una planilla en la mano.

         — Y éste qué —continuó él, señalando a Albareti— ¿otra vez cambiaron el libreto y no me dicen nada? ¿van a meter astronautas ahora?

         Ella miró al supuesto astronauta.

         — Ni idea. Dejame que consulto —y llamó por celular.

         El porteño pareció olvidarse de Tano; pasó a su lado y se acercó al grupo junto a la fogata.

         — Bien, bien. Vamos a ensayar de vuelta, pero ahora con los gritos, mucho quilombo.

         Los romanos asintieron y se retiraron a la oscuridad. Los monstruos se levantaron, se limpiaron la tierra de sus disfraces de goma y volvieron a su posición inicial, levantando las garras.

         — ¡Helpmí, oh-oh-oh, socorro!

         Se repitió todo, y esta vez el griterío de los soldados fue ensordecedor.

         — Che, Faca —habló Maya, una vez terminado el ensayo— en la oficina no saben nada. —Y mirando a Dante reprobadoramente:— Otro que se mandó solo.

         — Nunca faltan —concluyó el porteño, entre fastidiado y resignado.

 

         23:20 hs.

 

         En la carpa vacía sobre una plataforma desarmable estaban dispuestas tres hileras de mesas para atender a varias decenas de comensales.

         Albareti permanecía de pie, expectante, mientras el director de cine, de boina y pipa, lo contemplaba con avidez.

         — Me encanta, me encanta —dijo al fin, después de una bocanada; tenía acento caribeño—  ¿idea tuya, Facundo?

         El porteño y Maya se miraron un momento. Prefirieron no aventurar palabra.

         — Mira estas terminaciones; ni mis diseñadores hubieran hecho algo mejor —dijo el director, señalando las uniones herméticas. Y dirigiéndose a Tano:— ¿Te lo hiciste tú mismo? debió llevarte un buen tiempo; bastante ingenioso, sí señor, sí señor.

         Luego se fue caminando lentamente entre las mesas hasta el fondo de la carpa, meditabundo. Dante miró a los otros; Maya se encogió de hombros y el tal Faca hizo un gesto de incertidumbre.

         Aparecieron dos ayudantes de cocina distribuyendo botellas de gaseosa y vino en las mesas.

         — Hagamos una cosa, chico... —dijo el caribeño al volver— ¿tú cómo te llamas?

         — Eh... Dante, Dante Albareti —contestó, dudando en la conveniencia de dar sus datos verdaderos.

         — ¡Dante...! como el gran Alighieri; me gusta, me gusta. Entonces: déjame pensarlo un poco, y te llamas mañana al mediodía a la producción; ¿tienes nuestros teléfonos?; ahí Maya te da una tarjeta nuestra.

         Comenzaron a llegar los "romanos" y los "monstruos", charlando, y se instalaron en las mesas a esperar la cena.

         La rubia platinada, ahora con una bata roja, entró seguida de dos asistentes y se abrazó con el director, estampándole un profundo y poco recatado beso. Luego miró a Tano de arriba a abajo.

         El caribeño lo señaló ampulosamente con la pipa.

         — Mira lo que es este hombre, querida; con ese traje.

         — Qué lindo —sonrió la pulposa, con la doble intención en la mirada pícara—, un astronauta intergaláctico; no me habías dicho nada, mi amor.

         El otro la estrechó por la finísima cintura, mordiéndole el cuello.

         — Vamos a ver, vamos a ver. Bueno, señor Dante —dijo, saludándole de mano— un verdadero gusto. No olvide llamarnos mañana, que a lo mejor le tengamos novedades.

         La pareja, muy abrazada, salió seguida de varios colaboradores. Antes de abandonar la carpa, el director se volvió.

         — Facundo, mañana a las ocho entonces —le dijo al porteño.

         El aludido le hizo un pulgar para arriba, y prendiendo un cigarrillo se acercó a Albareti.

         — ¿Fumás? —le ofreció.

         A Tano hacía un par de días que se le habían terminado. Tomó uno con avidez, agradeciéndole. Entonces se dio cuenta que aún llevaba el casco puesto; se lo quitó y prendió el cigarrillo con placer.

         — Parece que tuviste suerte —observó Faca, con sinceridad—; le caíste bien al dire; también, te mataste con el vestuario. Sabés cuántos andan siempre dando vueltas... pero vos fuiste bastante más inteligente que el resto. Bueno, ¿Dante te llamás? acá tenés —dándole una tarjeta que le alcanzó la asistente—; llamá al mediodía, o pegate una vuelta si querés; hablá con Maya o con Johnny Repeto. Y dejanos tu número para ubicarte.

         — No, el celular lo perdí —mintió Albareti; sería demasiado largo de explicar que todos sus efectos personales habían quedado en su oficina del laboratorio, en otro universo paralelo—; todavía no me compré otro.

         Facundo lo miró suspicaz.

         — No te preocupés —le tranquilizó Tano— si no llamo, seguro me tenés acá mañana; seguro.

         Se despidieron. Maya lo observó y torció los labios en un gesto de desagrado antes de seguir a Faca para señalarle algo en la planilla.

         Dante se sentó un momento, disfrutando el cigarrillo. Seguía llegando gente a comer. Un grupo de señoritas también con batas pasó a su lado, sonriéndole, y se ubicaron un par de mesas más allá.

         Habían comenzado a servir: era pollo con ravioles a la bolognesa. A Albareti se le hacía agua la boca, pero prefirió retirarse de allí cuanto antes, a reordenar un poco las ideas, y antes de cometer alguna imprudencia, que ya bastante arriesgado estuvo quedándose a hablar con gente de otro mundo.

         Mientras salía de la carpa, leyó la tarjeta: Wood Pictures, de Ed Wood, Director y Productor. Recordó algo que casualmente había leído no hacía mucho, antes de la prueba en el laboratorio: en su propio universo, Ed Wood fue un pésimo realizador hollywoodense, pero medio siglo antes; y este tipo de boina y pipa no tenía más de cuarenta años de edad.

 

         23:50 hs.

 

         Mientras hervía unos fideos, en la lóbrega soledad de su cueva, Tano meditó todo el extraño asunto.

         Había encontrado al fin un mundo que no se hallaba desierto, y cuya civilización no eran guerreros bárbaros  sino su propia Argentina, o casi la misma, lo suficientemente cercana como para obtener fácilmente la información que necesitaba para armar la ruta a su propio universo. Y había charlado tranquilamente con gente de su cultura, sin estar temiendo un repentino ataque con machetes o de fieras salvajes, o que un policía revolucionario lo arrestase por conspirador... si se olvidaba por un rato, claro, la posibilidad de que apareciesen los escalofriantes espectros en cualquier momento.

         Mañana se daría un buen baño y reaparecería por allí, vestido más normal y hasta afeitado. Y con la excusa de las posibles novedades prometidas por el director, aprovecharía para indagar lo que necesitaba y anotar cualquier dato revelador.

         Hasta podría conseguir algunos cigarrillos.

 

         Martes 4. 11:30 hs.

 

         La compañía cinematográfica había armado un pequeño campamento cerca de la confluencia de los ríos, un kilómetro más al este del sitio donde Dante tenía su refugio en el otro universo. La carpa para las comidas, los baños químicos, un camión-cocina, un par de trailers para todos los equipos de filmación y varios motorhome para los actores y el resto del personal. El conjunto le recordaba su niñez, cuando llegaba el circo a la ciudad.

         Albareti llegó poco antes del mediodía, y deambuló por allí, saludando a las pocas personas con que se cruzaba, hasta que un guardia de seguridad lo interceptó, quien se quedó conforme con la explicación del motivo de su presencia y al ver la tarjeta de la productora; menos mal que no le pidió documentos: Tano había tenido mala experiencia con uniformados hacía menos de tres semanas atrás.

         Para no llamar más la atención, decidió permanecer en un solo lugar esperando. En una carpa más pequeña, anexa al comedor, vio sobre una mesa un diario, justo lo que buscaba. Se instaló allí y revisó los titulares con cierta ansiedad.

         El presidente Menem se reúne con su par chileno. Bueno, era la confirmación definitiva de que éste no era su propio mundo. ¿Y desde cuándo era Menem aquí otra vez presidente?

         Hojeó el resto del diario: Argentina integraba el ALCA, el presidente de Estados Unidos era Al Gore, y por ningún lado se mencionaba algo sobre el conflicto en Irak; y un dato singular en deportes: Cipolletti jugaba en Primera División; el próximo domingo enfrentaba a River en el Monumental.

         Dejó el Clarín en la mesa y meditó un momento los pasos a seguir. Tenía suficiente información, pero no precisa; ¿cuándo se produjo la ramificación de este mundo paralelo? podía ser entre 1999 y el 2003, aproximadamente.

         Atrás suyo había una heladera comercial con gaseosas; no tenía candado alguno así que se sirvió una lata, aprovechando que no se encontraba nadie cerca; de todas maneras supuso que era de acceso libre a cualquiera con autorización para andar por allí.

         Junto a la heladera había tres computadoras, instaladas como en un cíber. ¡Internet! eso sí que le serviría. Se acercó y movió el mouse de una; el protector de pantalla desapareció dejando la página del Explorer lista para usar; lotería.

         Se sentó y comenzó a navegar, introduciendo en el buscador los términos "Historia argentina", "Presidentes", "Historia mundial", etc. En pocos minutos tuvo el panorama más preciso, y calculó la fecha de subdivisión paralela en el año '97. Además, ahora entendía lo de Irak: Saddam Hussein seguía en el poder, Afganistán bajo el régimen talibán y las palabras "Torres gemelas" sólo aparecían en páginas turísticas y empresariales de Nueva York. Curiosamente, "Osama Bin Laden" surgió en una guía telefónica on-line de Estados Unidos, con domicilio en un exclusivo country de Miami.

         Tuvo un presentimiento, e ingresó su propio nombre en esa guía telefónica. Apareció un Dante Albareti, que vivía en Eau Gallie, en la costa atlántica de Florida; pensó si acaso era posible. Volvió a incorporar su nombre, ahora en el buscador general, que arrojó menos de una docena, la mayoría en páginas italianas, pero dos que llamaron su atención eran de Estados Unidos; la primera era un blog con fotos familiares: allí estaba él mismo, en un primer plano de su rostro, no cabía duda; y en otra foto, algo gordo, abrazando a su ex, Adriana, que en este mundo seguía siendo su esposa... y aparecían tres niños: dos nenas y un varón, que jamás había visto; aquí, sus propios hijos Luciano y Daniel nunca existieron. La otra página pertenecía a la NASA: era un listado de integrantes del equipo de investigación: Dante Albareti, physical engineer adj.

         Ya tenía la fecha exacta de la ramificación de este universo paralelo, donde, a diferencia del suyo propio, sí le habían aceptado su solicitud de trabajo presentada en la NASA, en agosto de 1997.

 

         12:45 hs.

 

         Estaba ya pensando en irse del campamento para volver a su mundo de refugio, aún sin haber conseguido los cigarrillos, cuando apareció Maya, la asistente, siempre con su planilla bajo el brazo.

         — Ah, usted —lo reconoció ella, torciendo los labios—; parece que hay buenas noticias. El equipo ya terminó de filmar y están viniendo para acá; quédese por aquí que va a almorzar con Johnny Repeto.

         Le sonó el celular, y mientras contestaba siguió su camino.

         Tano recordó los ravioles con pollo que vio la noche anterior, y después de pasar los últimos días apenas con un poco de arroz y fideos, decidió quedarse un rato más.

 

         13:50 hs.

 

         — Normalmente a los extras pagamos el bolo diario, pero en su caso el director quiere que le hagamos un contrato, por una semana en principio —expuso Johnny Repeto—; le pagaríamos con categoría de actor de reparto, novecientos pesos semanales.

         Dante terminaba su plato de milanesa con papas fritas. Calculó el poder adquisitivo de la moneda, en esta Argentina ultra neoliberal, al recordar los precios que vio en las propagandas del Clarín: con ese dinero podía comprar mucha mercadería para almacenar en su refugio, y varios otros elementos que estaba necesitando; quién sabía cuánto tiempo más seguiría varado entre universos antes de encontrar el suyo, y por lo menos así no tendría que seguir robando. Este mundo parecía bastante confiable, y si surgían complicaciones podía desaparecer en un instante. Además, sabiendo que su sosía vivía lejos en Estados Unidos...

         — Me parece bien —asintió.

         — Bien entonces —confirmó Repeto—. Aquí tiene el contrato estandard; léalo bien así estamos de acuerdo. En tres días terminamos acá y nos volvemos a Dinawood.

         — ¿Dónde?

         — ¡A Dinawood! —la sola mención de ese nombre desconocido parecía ser explicación suficiente—. Queda filmar algunas locaciones en el Nahuel Huapi y el resto en estudios.

         El lago Nahuel Huapi se ubicaba a más de cuatrocientos kilómetros de distancia de Neuquén.

         — ¿Tengo que viajar hasta allá? —Albareti se preocupó.

         Repeto lo miró irritado: Dante no le caía simpático.

         — ¡Por supuesto! —concluyó, con tono despectivo— ¿a dónde sino?

         De pronto alguien sorprendió a Tano desde atrás; sobresaltado buscó el Transportador en el bolsillo de su campera. Pero en el abrazo de oso reconoció ese perfume empalagoso y los grandes y duros pechos que le presionaban la espalda.

         — ¡Aquí está nuestro salvador! —escuchó la voz nasal con acento centroamericano— ¡viva el extraterrestre!

         Era la pulposa heroína de la película, con su bata roja y junto al director.

         — Hola amigo —saludó Ed Wood— ¿listo para empezar?

         — Creo que sí... —dijo Dante recuperándose de la impresión—; pero me dicen que hay que viajar.

         — ¿Y cuál es el problema amigo? —replicó Wood— todo el mundo quiere estar en Dinawood para hacerse famoso; dónde más quiere estar sino.

         La expresión de perplejidad de Albareti debía ser muy evidente; la rubia sonrió y le dijo algo al oído al director.

         — Ya veo, ya veo —sonrió Ed—; ni para el viaje tiene ¿no?

         Tano hizo gestos vagos; ¿qué le podía contestar? ¿que era un náufrago encallado en un mundo desierto viviendo en una cueva?

         — Sí... —Wood pareció sumirse en ensoñadores recuerdos— yo también empecé así, cuando llegué a San Juan de Puerto Rico; a dedo, joven, lleno de energía y sólo con lo puesto... —suspiró—. Pues entonces te vienes con el equipo. Johnny, me lo acomodas al señor en alguno de los camiones, y si no se puede, le pagas un pasaje en ómnibus, ya está decidido.

         — Todavía no cerramos el contrato —objetó Repeto, fastidiado.

         Era la primera vez que un trabajo tan bien remunerado se lo venían a ofrecer a Albareti y le daban todas las facilidades, en vez de estar él detrás de funcionarios reticentes y con interminables trámites dando vueltas.

         Tomó la birome de la mesa, completó el contrato y firmó. Esperaba no estar cometiendo un error fatal.

         El director se mostró visiblemente satisfecho.

         — Bueno, amigo Dante, bienvenido al team. —Entonces recordó algo— Johnny, habla con Facundo; ya que no vino otra vez el borracho huevón de Butler, que me lo ponga al señor Dante con los argonautas, que de lejos y con el casco romano no se va a notar la diferencia; mañana tenemos una gran escena. —Y antes de irse: —Y le pagan del sueldo de Butler, y si ese mañana se queja, ya le voy a soltar unas cuantas.

 

         Miércoles 5. 10:30 hs.

 

         Albareti se enteró después que el director usaba un nombre artístico, en un inexplicable homenaje a su homónimo norteamericano de los '50, y que en realidad se llamaba Eduardo Madero.

         Y al ver la filmación, concluyó que tenía bien ganado el nombre de Ed Wood.

         La película era una coproducción portorriqueño-argentina, y llevaba el rebuscado y mal redactado título de La Gran Odisea del Gran Ulises y la mujer Penélope.

         Penélope era la rubia pulposa novia del director. Y Ulises lo encarnaba un actor negro de Nueva York llamado Louis Jakson Jr., flaco, desgarbado y de dos metros de altura, más parecido a un Quijote del Congo que al héroe mitológico, con la cabeza llena de rulos; había sido basquetbolista.

         Tano había leído la Odisea de Homero, y no recordaba que entre estos argonautas griegos vestidos de romanos estuviese Hércules, Sansón o el rey Arturo; o que Penélope fuese una guerrera al frente de un grupo de amazonas con peinado carré y casi tan pechugonas como ella.

         Tampoco recordaba que sus peripecias míticas incluyeran enfrentarse a unos zombis venidos de Haití.

         — ¿Un cigarrillo? —ofreció un extra zombi a Dante, extendiéndole el paquete con su mano pintada de violeta.

         Albareti le agradeció y se quitó el casco de legionario, sentándose en la arena.

         Un poco más allá, Sansón era el centro de atención, rodeado de las amazonas, con un vaso de wishky y extendiendo su poderosa mandíbula en una amplia sonrisa, impresionando a las chicas con sus inflados músculos pintados de anaranjado y con un slip rojo de striper; cada tanto giraba la cabeza desplegando su larga cabellera rubia. Hércules también hacía lo suyo, estallando en risitas con su asistente y un par de argonautas secundarios. Por el otro lado, Arturo se había apoltronado en una reposera, fumando como un murciélago y tosiendo hasta escupir los pulmones. Ulises, con auriculares puestos, rapeaba muy ensimismado junto al director, quien daba las últimas indicaciones abrazando a Penélope.

         — ¡Muy bien, vamos a hacer la toma! —gritó Facundo, que era el asistente de dirección.

         Todos se ubicaron en sus posiciones iniciales tal como habían ensayado sólo una vez: los zombis, que eran medio centenar, alineados en el plano de la meseta patagónica; ladera arriba, los cuarenta argonautas y la docena de amazonas a caballo.

         Al grito de acción, los zombis avanzaron lentamente, con movimientos rígidos, los brazos extendidos y las manos crispadas, profiriendo sonidos guturales. Los argonautas bajaron a su encuentro a la carrera, a grito pelado y revoleando las espadas de plástico como si fueran boleadoras; detrás, las amazonas al galope levantaron una nube de tierra que impidió a la cámara filmar más nada.

         La toma salió a la primera, y muy satisfactoriamente según el particular juicio del director.

         Durante el resto del día hicieron las diferentes tomas de acercamiento de la batalla, con los argonautas cortando las cabezas de los zombis y las amazonas ensartándolos con sus lanzas. A Tano, casualmente, le tocó "decapitar" al que le había convidado cigarrillos.

 

         Sábado 8.

 

         Era increíble lo que había cambiado el área de Bariloche en sólo una década de universo paralelo, desde la ramificación en 1997.

         A partir de una Ley de Promoción Cinematográfica, la región con sus hermosos y tan variados paisajes se convirtió en el Hollywood sudamericano. De hecho, el paraje de Dina Huapi donde se radicaron las filiales de las grandes compañías norteamericanas ahora ostentaba el pretencioso nombre de Villa Dinawood, una ciudad que creció de la noche a la mañana dedicada exclusivamente al Séptimo Arte.

         No eran los únicos. La vecina provincia de Neuquén hacía esfuerzos ciclópeos para transformar su localidad de San Martín de los Andes en digno rival. Que Dante se topara con el equipo de Ed Wood filmando tan lejos del Nahuel Huapi tenía que ver con esta disputa: el director aprovechó para escamotear al ente neuquino un subsidio a cambio de ir a la zona del Comahue a hacer algunas escenas, contratando actores neuquinos; pero como, por otro lado, para acceder a los beneficios de la Ley rionegrina de subvenciones se debía restringir la actividad de la compañía sólo al territorio provincial, Wood muy astutamente se quedó del lado de Río Negro, pero a cien metros de la ciudad de Neuquén. Hecha la ley, hecha la trampa, como le comentó la asistente Maya Bleu.

 

         Lunes 10 al viernes 14.

 

         Albareti pasó una semana vertiginosa.

         Utilizando su traje presurizado, encarnaba a un ser del espacio que, arribado a Grecia en su platillo volador, ayudaba a Ulises y su Penélope portorriqueña a recuperar el trono de Ítaca, en una memorable batalla de los argonautas contra los hunos de Atila en el Coliseo, según el delirante libreto que guionistas y director improvisaban a medida que filmaban. En esta última escena de la que participó, se vertieron sobre la arena del circo romano cientos de litros de sangre sintética; Tano lamentó que su traje quedara tan manchado, pero no lo entregaría a la lavandería de la compañía por nada del mundo.

         El final de la película sería una escena algo subida de tono, con los dos protagonistas aún manchados con la sangre del combate, sobre el trono recién recuperado y en diversas posiciones. Escena que filmarían la semana siguiente, según supo de los ardientes labios de Juliette, la insaciable amazona con la que inexplicablemente se involucró cuando viajaban a Dinawood, aunque tal vez no tan inexplicablemente, en cuyo departamento vivió esos días; debía complacerla todas las noches, después de volver, cansado, de la jornada de filmación. Al final de la semana se dio cuenta que estaba más agotado que después de los dos meses que pasó tan miserablemente en su cueva. Por lo menos, tanta actividad sin respiro, pero previsible, aliviaron su angustia, y llenaron su mente como para pensar menos en sus hijos y en su mundo... sólo un poco menos.

 

 

 

 

 

Capítulo Décimo

 

         Viernes 14 de diciembre, 13:20 hs.

 

         Con la primera mitad de su paga en el bolsillo, Dante tomó un colectivo y volvió a Neuquén.

         Como no tenía documentos, le preocupó que tuviese que pasar algún puesto de tránsito de Gendarmería. Pero descubrió que el muro que dividía la ciudad de las inmensas villa miseria, que en Bariloche cercaba el sur de la Ruta 258, en Neuquén sólo se circunscribía a la zona noroeste, claro que una zona enorme; así que no tuvo problemas al trasladarse de la terminal de ómnibus al centro por la Multitrocha de la 22.

         En un supermercado del Bajo hizo una gran compra de mercadería, incluyendo otro tubo de oxígeno pequeño del sector deportes para el traje y, ya de noche, llevó todo en remisse hasta la costa del río Limay. El chofer lo miró extrañado, al dejarlo con todas esas bolsas en el descampado, donde no había ninguna vivienda, y no le convenció mucho que le dijera que ya lo iban a pasar a buscar.

         Solo en la oscuridad, una vez que el auto se fue, accionó el T-Cero y se trasladó al mundo que le servía de refugio.

         Con el kayak llevó todo a la costa opuesta, en varios viajes que le demandaron un buen rato y mucho esfuerzo de remo.

         En la cueva encontró todo igual, tal cual lo había dejado, después de una semana de ausencia.

         Además de los alimentos, compró una garrafa de gas de diez kilos y un anafe en una ferretería, así que pudo prepararse la cena con menos complicaciones; ya no tendría que soportar el humo de la fogata ni andar juntando leña.

         Antes de medianoche se vistió el traje presurizado, manchado de rojo, y se trasladó al Limbo a verificar el estado de la cápsula.

         Comprobó alarmado que el nivel de energía era mínimo.

         En el laboratorio, las baterías de la cápsula se cargaban directamente en una toma de red a dos veinte. Tendría que volver mañana a comprar una batería de auto y herramientas de electricista, y traer todo al Limbo para hacer una conexión casera.

         Si no llegaba a funcionar, adiós a la búsqueda de su universo. Estaría perdido para siempre.

 

         Domingo 16. 22:30 hs.

 

         El nuevo portal se abrió sin problemas, y Albareti accedió a un mundo nuevo.

         Suspiró aliviado. Por suerte, tras el engorroso trabajo por el tema de la energía, la batería de auto sirvió y los niveles eran nuevamente óptimos. Tendría que prever el mismo problema con el Transportador; se había diseñado para usar pilas de litio comunes de celular, así que podría comprarlas en cualquier comercio.

         Miró el paisaje nocturno. Allí estaban las luces de la ciudad de Neuquén. Comprobó con satisfacción que cada vez se acercaba más a su propio mundo, y quizá ya estuviese en él.

 

         Lunes 17. 08:00 hs.

 

         Antes del amanecer volvió, ahora con ropa común, y verificó con su radio portátil que todo sonaba normal en las emisoras de AM y FM.

         Regresó a su universo refugio, y cruzó el río en el kayak, y una vez en la costa neuquina, accionó el T-Cero, reapareciendo en la ciudad del nuevo mundo a explorar.

         Se fue caminando hasta el centro, verificando a cada paso que no hubiese algún elemento extraño que delatase que no era ese exactamente su propio universo.

         Apenas abrió el primer cíber, se sumergió en internet: todas las noticias de hace dos meses atrás eran las que recordaba. Pero cuando quiso ver sus mails, no pudo ingresar a su casilla de correo. El servidor indicaba que la clave era incorrecta. Lo intentó varias veces sin éxito.

         Entonces tuvo un mal presentimiento.

         Recordó que a mediados de año había cambiado su password por el actual, el que intentaba ingresar ahora.

         Probó con la clave anterior, y la casilla se abrió sin problemas.

         No era su propio mundo. Se encontraba en un universo paralelo donde su sosía nunca cambió el password.

         ¡Tan cercano! Tano calculó que este universo paralelo se había ramificado hacía sólo seis meses aproximadamente. Por eso había creído que se trataba del suyo propio: las diferencias eran mínimas y difíciles de detectar.

         Por otro lado, si esto era así, entonces allí también estaba el laboratorio secreto, desarrollando el Proyecto Hidra, con todos sus colegas y amigos. Podría ir y pedir ayuda para regresar a su mundo.

         Pero también estaría él mismo, un Dante Albareti paralelo. Y aún recordaba con estupor el fortuito encuentro consigo mismo en la calle, hacía cinco semanas en aquella Argentina Sanmartiniana. No se sentía capaz de enfrentar de nuevo algo así.

         Pero aún así, otro factor adquiría más importancia: en este mundo tan próximo, Adriana, su ex, viviría donde siempre. Faltaba una semana para Navidad, y Tano nunca faltó a las Fiestas con sus hijos.

 

         15:30 hs.

 

         Dúplex 86. La misma fachada, la misma verja; el Ford Ka de Adriana.

         Y en la vereda, Luciano con su bici y Dani en el triciclo.

         Dante, escudándose tras la mole de un camión, en la esquina, sintió un nudo en la garganta al ver a sus hijos. Lo único que quería era correr y abrazarlos. Pero no podía; no debía. Hacía seis meses, su universo se había subdividido, y ahora aquí tenía un gemelo y también hijos duplicados. Eran sus hijos, pero no lo eran.

         De pronto Dani alzó la vista y lo vio.

         — ¡Papá! —señaló, iluminándosele el rostro.

         Luciano también lo vio, y gritó de alegría.

         — ¡Ma, vino papá! —avisó hacia el interior de la vivienda, que tenía la puerta abierta, y se acercó en bici hasta la esquina, seguido de su hermanito en el triciclo.

         Albareti sintió el mismo pánico que cuando vio a los espectros acercándose flotando sobre los edificios.

         Giró, dobló la esquina y corrió calle abajo, mientras accionaba el Transportador. Al instante siguiente sus pies dejaron de pisar una vereda asfaltada y tropezaron con las irregularidades de un terreno natural; cayó y quedó tendido, sintiendo ahogo, al pie de la barda en medio del paisaje desolado y vacío.

 

         15:35 hs.

 

         — ¿Y papá? —preguntó Adriana a sus hijos que volvían.

         — No sé —dijo Luciano—; estaba allá en la esquina, pero salió corriendo.

         Adriana no entendía. Hacía sólo cinco minutos que había hablado con Tano a la empresa para arreglar la cena de Nochebuena, y desde allá, era imposible que hubiese llegado tan rápido. Y además con qué motivo. Y por qué iba a salir corriendo.

         — ¿Era su papá? —les preguntó, alarmada.

         Los dos niños asintieron, absolutamente convencidos.

         Adriana miró a la esquina. Allá, junto a un camión, vio tres individuos vestidos con túnicas negras; no podía distinguirles el rostro.

         — Vamos adentro —ordenó, preocupada—, y no quiero que salgan a la calle. Voy a llamar a su padre al celular.

         Antes de cerrar la puerta, volvió a mirar a la esquina. Ya no había nadie allí.

 

         19:00 hs.

 

         Tuvo en la cabeza el impulso de terminar de una vez con todo; era tan fácil, tomar la pistola y...

         Recién después de varias horas logró calmarse y salir de la depresión. Sólo entonces se sintió en condiciones de resolver qué pasos seguir.

         Por suerte, la solución extrema fue perdiendo puntos a favor de otras posibilidades. Podía seguir abriendo portales nuevos inmediatamente, pero aún no estaba de ánimos como para enfrentar nuevos fracasos. Podía tomarse unos días de descanso, haciendo cualquier otra cosa, pero la soledad de su cueva en ese mundo desierto era demasiado deprimente. Finalmente, decidió volver un par de días a Dinawood, en ese mundo de cine; a fin de cuentas, era el único universo paralelo del que podía rescatar algo positivo; y debía volver si quería cobrar el resto del importe por su trabajo; y además, la fogosa Juliette lo esperaba ansiosa.

 

 

 

 

 

Capítulo Decimoprimero

 

 

         Martes 18 de diciembre. 09:30 hs.

 

         Su regreso a Dinawood no comenzó bien.

         Juliette lo atendió en la puerta del departamento, contestando a sus preguntas con evasivas: evidentemente ya no quería saber más nada con él. Lo acompañó a la salida del edificio, y en el último momento, con cierto sentimiento de culpa, le dio un último beso de amante y lo despidió con un sincero "espero que nos volvamos a ver algún día".

         Dante hubiera preferido evitar esa última demostración de buena voluntad; ahora no podía irse enojado y olvidarla sin más. Entendió que ella lo apreciaba realmente, pero que seguramente estaba relacionándose con algún director o productor de cine que impulsaría su carrera... y prioridades eran prioridades.

         Tampoco en la compañía lo pasó muy bien.

         El cretino de Johnny Repeto lo tuvo a las vueltas toda la mañana, hasta que, de mala forma, le extendió el cheque que le debían, y para cobrarlo por ventanilla recién en una semana.

         Albareti ya salía de la compañía, con su bolso de viaje al hombro, decidido a volverse a Neuquén en el primer colectivo disponible, cuando se cruzó con Maya Bleu, la asistente.

         No llevaba la habitual planilla bajo el brazo, que ya parecía una extensión de su cuerpo, ni el obligatorio celular pegado a la oreja.

         Y en realidad parecía otra, con el pelo suelto, vestida muy informalmente, y con un inesperado morral de hippie al hombro.

         — Dante, hola —lo saludó ella, torciendo los labios; eso no había cambiado.

         — Hola Maya, qué tal. Aquí ando, cobrando. Ya me estoy volviendo a mi mundo, a Neuquén, digo.

         — ¿Cómo, no venís a la fiesta esta noche? —preguntó, decepcionada— vienen todos.

         — ¿Qué fiesta?

         — Por la finalización de la filmación; ¿no te llamaron al celular? Terminamos antes, así quedábamos liberados para pasar las fiestas. Yo terminé ayer con todo, y pasado mañana vuelo a Buenos Aires; familia y amigos, ya sabés. Después recién en enero volvemos para el trabajo de postproducción.

         — Claro, las fiestas en familia... —dijo Tano, con un vestigio de amargura—. Si me llamaron no me pudieron ubicar, porque estuve fuera de cobertura estos días —fuera de cobertura, fuera de universo, pensó para sus adentros—. Ahora entiendo por qué estás de civil.

         — ¿De civil? —Maya rió— ¡qué maldito que sos! ¿acaso parecía milica laburando? Bueno, me tomo mi trabajo en serio. Pero como verás, ésta soy yo verdaderamente; vine solamente a cobrar y ya me iba.

         — Somos dos entonces. Por lo de la fiesta, no sé. Quizá vaya; ¿hay que ir con un look en particular?

         Siguieron caminando por el Boulevard Migré mientras Maya le informaba los detalles de la fiesta. En la puerta de Armani se despidieron: Dante se compraría un conjunto elegante sport para la ocasión.

         No le vendría mal divertirse unas horas: distraerse y levantar el ánimo, para poder soportar después su primera Navidad en soledad, que ya restando tan pocos días estaba perdiendo las esperanzas de encontrar su propio mundo a tiempo.

 

         22:00 hs.

 

         La fiesta era excelente, y lo pasaba muy bien, aunque no todo lo bien que hubiera querido.

         Todas las amazonas llegaron invariablemente acompañadas de novios / amantes / patrocinadores; una, con Sansón, quien lucía su insoslayable sonrisa poderosa y su vaso de wishky; otras con actores de la película, y algunas con, por los comentarios que escuchó, reconocidos empresarios del medio; Juliette iba del brazo de un gordo veterano con un gran puro y aires de padrinazgo; al ver a Albareti, ella lo saludó discretamente, de lejos moviendo los dedos.

         En algún momento de la noche se encontró charlando en la barra con el Ulises negro, que en su mal español le contó su errático periplo desde Nueva York y Hollywood hasta terminar allí, en la Patagonia, viendo cómo la polarización social y la discriminación habían alcanzado esas cotas intolerables tanto en el Primer Mundo como aquí, con esos guettos amurallados para los pobres. Tano escuchó asombrado al ex basquetbolista rapero citando a Marx, Martin Luther King y Malcom X; en Hollywood le cerraron las puertas cuando se adhirió al Walls Down Movement contra la nueva segregación de clases.

         — A tu salud, Louis Jakson Jr. —declaró Dante, gratamente sorprendido, chocando copas.

         Después bailó con Maya y algunas amazonas, y terminó la madrugada compartiendo mesa con el mismísimo Ed Wood y su cohorte selecta, ya con la champaña subida a la cabeza, riendo y armando delirantes proyectos de filmación.

 

         Miércoles 19. 10:00 hs.

 

         Frenó bruscamente mientras pegaba un rápido y desesperado volantazo. En medio del chirrido de neumáticos el auto giró y quedó en el carril contrario de la ruta.

         El intercomunicador sonó insistentemente hasta que Albareti logró despertar y contestó, agradeciendo a recepción con una voz de ultratumba.

         Se le partía la cabeza. Se levantó y se dio una ducha para despejarse.

         Había tomado una single en un residencial por esa noche, ya que no contaba con el departamento de Juliette para pernoctar, y ahora estaba sobre la hora del check out. Juntó sus cosas en el bolso y bajó a desayunar.

         Tendría que esperar todo el día antes de tomar el colectivo a Neuquén. Debido a la alta demanda por las fiestas, había conseguido pasaje recién para la medianoche siguiente.

         Sonó el celular que se había comprado en ese universo.

         — Hola, ¿Dante? soy Maya. ¿Cómo amaneciste?

         — Hola, qué sorpresa. Estoy bastante maltrecho. ¿Por qué llamás tan temprano?

         — Bueno, ya son las once de la mañana, aunque a mí también me hubiera gustado dormir un poco más. Pero me llamó el director; parece que lo impresionaste anoche; ¿qué le dijiste?

         — ¿Por? charlamos y reímos mucho; yo ya estaba un poco borracho; me tuve que pedir un taxi para hacer las cuatro cuadras hasta el residencial, porque ya no me acordaba hacia dónde quedaba...

         — ¿A qué hora tenés tu colectivo? tenemos que juntarnos antes así te explico lo que me pidió, ya que él está saliendo ahora a Puerto Rico y no tenía tiempo. Ya sabés cómo es; cuando se le ocurre algo, lo quiere concretado inmediatamente.

 

         13:15 hs.

 

         — ¿Trabajar como guionista en un nuevo proyecto? —preguntó Tano, sorprendido.

         — Así parece. Ed siempre tiene varias ideas en lista de espera, y antes de terminar una película ya está organizando una o dos nuevas. Se comentaba que íbamos a comenzar el 2008 con un thriller sobre un pibe que ve fantasmas, almas en pena que no saben que han muerto; ya tenía comprado los derechos sobre el libreto, pero  se ve que por ahora queda en el freezer...

         — ¿Como en Sexto sentido, de Bruce Willis? —Dante alzó las cejas, sorprendido.

         —¿Como en qué? —Maya pareció no comprender.

         Albareti se arrepintió de haber hablado.

         — No, nada, me pareció que había leído algo al respecto ya, pero habrá sido otra cosa... —negó apresuradamente—. ¿Me decías del nuevo proyecto? 

         — Hey, hey, un momento —Maya no lo dejó pasar—, no me gustará Bruce Willis, pero conozco su filmografía y no recuerdo ninguna película con ese nombre.

         — ¿No? —Tano puso su mejor cara de estúpido— ni idea entonces... será que va a filmar algo de eso.

         Ahora ella pareció alarmada, y Dante sintió un escalofrío.

         — Justamente se hablaba que él vendría a la Argentina a filmar el próximo año —Maya anotó algo en su agenda—; le comentaré esto a Ed cuando vuelva.

         — ¿Qué me decías entonces sobre la propuesta del director para mí? —Albareti quería cambiar de tema a toda costa.

         — Ah, sí —Maya guardó su agenda y retomó sus pensamientos anteriores—. Te decía: para el 2008 quería volver a hacer algo de ciencia ficción, que lo tenía relegado hace tiempo. Y le gustaron mucho tus ideas; ¿qué hablaron anoche?

         — Pero si yo sólo bromeaba. Era una historia de mundos paralelos, y un tipo que saltaba de un universo a otro y todas las aventuras que pasaba... El alcohol me jugó una mala pasada; supongo que me fui de boca —concluyó, arrepentido y preocupado: no recordaba bien qué datos había revelado, datos que pudiesen comprometer su seguridad si a alguien de los que escuchó se le ocurría investigar un poco.

         — No hay mal que por bien no venga. —Maya se sirvió un poco más de cerveza— ¿Qué pensás entonces?

         — Pero es que yo no soy guionista. No sabría ni cómo empezar.

         — Se puede solucionar; todo tiene solución en esta vida menos la muerte. Vas armando borradores del argumento base, redactado como mejor te parezca, y nuestros guionistas lo elaboran como corresponde; además el director supervisa todo. Hacer cine es un inmenso trabajo en equipo. Lo que Ed necesita es sangre nueva, ideas nuevas; y por el entusiasmo con que me habló, vos sos justo lo que andaba necesitando. —De pronto pareció alarmada— No le vayás a decir que te dije esto; se supone que son los demás los que lo necesitan a él, y no al revés.

         — Todo suena muy bien, claro... —musitó Tano, dubitativo.

         — Pero vos no. No te convence.

         Claro que no le convencía todo ese asunto. Comprometerse en un trabajo a mediano plazo, aunque sólo fuese de palabra, implicaba reconocer que ya no tenía mucha fe en volver a su propio mundo, cuando lo que quería era regresar en los próximos cinco días, antes de Navidad.

         — Es que me toma de sorpresa. Primero tendría que definir un tema personal; recién después de las Fiestas estaría en condiciones de darles una respuesta.

         — No te demorés mucho —le advirtió ella con el tenedor—; que en este ambiente el que no corre vuela.

         Dante retomó su tarea con la pizza "peperoni" norteamericana.

         — Parece que te gustan los refranes —comentó.

         — Oh, sí —ella rió—; me cargan por eso. Supongo que sería costumbre familiar.

         La conversación derivó a otros rumbos, mientras terminaban el almuerzo en el restaurante frente al lago Nahuel Huapi; hacia el suroeste se extendía la ciudad de Bariloche, y tras el lago, toda la cordillera de los Andes. Cuando le tocó contar algo de su vida, Albareti ya tenía armada una historia personal convincente, que construyó con medias verdades y omisiones intencionadas durante la semana que pasó con Juliette: hombre separado, con dos hijos, viviendo en Neuquén, con conocimientos de ingeniería, trabajando aquí y allá, buscando un lugar en el mundo... Maya tenía veintisiete años, era de Buenos Aires, recibida de Productora Cinematográfica, y se había radicado en Dinawood hacía dos años, atraída por el boom cinematográfico.

         Como Tano tenía que hacer tiempo hasta la medianoche, se le ocurrió invitarla a la matineé de cine. Ella rió, pensando que era un chiste, y le propuso en cambio que la acompañe al shopping, porque debía comprar varios regalos para llevar a Buenos Aires, y necesitaría alguien para cargar las cosas; claro que si encima él llevaba ese enorme bolso de viaje a cuestas, sería un problema; podrían dejarlo en el departamento de ella por mientras, a pocas cuadras de allí...

 

         14:30 hs.

 

         Maya, de espaldas, calentaba el agua para el café; Dante sentía algo extraño en el pecho; y nuevamente lo inexplicable manejó la situación: impulsivamente, la tomó por la cintura y la hizo girar hacia él.

         Ella torció los labios, mirándolo con una expresión que a Albareti se le ocurrió acusadora, pero inclinando la cabeza, ofreciendo su largo cuello palpitante, y abriendo lentamente los labios.

         Él arremetió, estrechándola contra la cocina, con un beso largo pero delicado.

         De pronto un ruido seco los sobresaltó.

         Maya había quedado de espaldas presionando las perillas de la cocina, y alguna emitió gas hasta que la llama de la hornalla del café hizo contacto. Ella manoteó cerrando todo, y se fue a sentar, con la mano en el corazón, recuperando el aliento.

         — Casi volamos de pasión —fue el poco inteligente comentario de Tano, con los ojos muy abiertos.

         Maya sonrió, indulgente.

         — Mejor nos tomamos el café y me acompañás al shopping, que ahí voy a tener para rato.

 

         Jueves 20. 01:15 hs.

 

         En el monitor del colectivo exhibían una superproducción norteamericana ambientada en Alaska durante la fiebre del oro, y por la línea argumental Dante sospechó que se basaba en una novela de Jack London que había leído de niño. Los paisajes por los que se arrastraban los sórdidos gambusinos eran las montañas y lagos del Parque Nacional Nahuel Huapi, por supuesto; seguramente los osos kodiak que acechaban a lo lejos fueron agregados digitalmente.

         Perdió el hilo de la historia varias veces: no podía dejar de pensar en Maya.

         Su cabellera de otoño, sus labios de frambuesa, sus ojos de mar...

         Si estaba evocándola en esos términos poéticos tan cursis, quería decir que se encontraba en el horno. La última vez que estuvo enamorado fue con Adriana, su actual ex, y madre de sus hijos.

         Estaba hecho un adolescente estúpido, flotando en el cielo con diamantes. Y dadas las particulares circunstancias, Dios o el Karma le gastaban una broma pesada y sin gracia.

 

         20:00 hs.

 

         Una vez arribado a Neuquén, se trasladó con el Transportador al mundo que le servía de refugio. En la soledad de su cueva, al calor de la garrafa de gas, reflexionó sobre ese inesperado sentimiento. Concluyó que todo ese rollo no era más que una defensa psicológica.

         Solo y desamparado, perdido en un océano infinito de universos, su subconsciente se aferraba al primer salvavidas que tenía a mano, sin importar si era pertinente o no. Ya se sabe que el inconsciente está más allá del bien y del mal, siempre complicando la vida con sus pulsiones primitivas e ingobernables, se lamentó.

         Pero por otro lado, ¿quién dictaba qué estaba bien y qué no? ¿existía eso de "hacer las cosas como Dios manda"?

         Las leyes del universo y de la naturaleza parecían bastante implacables y poco dadas a consideraciones de justicia humana. Y si esto era así en un universo, ¿cómo podía él evaluar, ya que no enjuiciar, un problema surgido entre dos universos?

         Su primera impresión era que, así como no debía entrometerse con sus hijos de un mundo paralelo, como torpemente intentó el lunes pasado, porque allí ya tenían su propio padre, tampoco debía involucrarse seriamente con una mujer de otro universo. Ni él podía permanecer en el mundo de ella, con el constante peligro de toparse con su otro yo, con parientes y amigos, ni ella en el de él, donde seguramente también ya existía otra Maya Bleu.

         La única posibilidad... era raptarla e irse a vivir, por ejemplo, a una Tierra desierta. Adán y Eva poblando un mundo prístino, renunciando a sus anteriores confortables vidas urbanas, olvidándose de parientes y amigos, careciendo de toda la tecnología, la seguridad y los servicios médicos imprescindibles.

         No le sonaba muy razonable esa solución.

         Tenía que volver a su universo y olvidarse de todo.

         Pero por otro lado,  si no lo encontraba, debía evaluar seriamente qué hacer de su vida. En esa cueva, sin recursos y en soledad, no tenía muchas perspectivas. Pero aceptar esa oportunidad laboral que le ofrecían en Dinawood implicaba resolver qué haría con Maya.

         Lo único que deseaba ahora, era que esta noche el nuevo portal que abriera fuera, al fin, a su propio universo.

         ¿Acaso tendría que rezar?

 

 

 

 

 

Capítulo Decimosegundo

 

         Viernes 21 de diciembre, 09:30 hs.

 

         La ciudad de Neuquén era la misma; las noticias en la radio eran las de siempre.

         Todo normal.

         Ahí estaba su casilla de e-mail, esperando el password.

         Tano ingresó los seis números de su clave reciente y esperó, conteniendo la respiración.

         La página se abrió sin problemas. Los mismos colores, las mismas carpetas, los mismos contactos. Se hallaba todo tal cual lo había dejado.

         Emocionado, cerró la ventana web y buscó una página de noticias.

         Ahora la prueba de fuego. El dato clave que debía ser el mismo, la última noticia justo un día antes del inicio del experimento, que avalaría que ése era su propio mundo. Y allí estaba: el domingo 14 de octubre, Rácing le había ganado a Boca, en la Bombonera, cinco a cero.

         Cerró todo y le pidió al kioskero una cabina telefónica. A esa hora ya estarían en el laboratorio.

— Hardpoll buenos días... —respondió mecánicamente la recepcionista de la falsa empresa que enmascaraba al laboratorio secreto.

         — Hola, ¿Marcela?

         — ¿Sí?

         Albareti no sabía qué decir. Le pareció tan simple mientras marcaba el número: "¡hola, soy Dante, regresé!". Pero ahora le sonaba tan banal como "volví del súper".

         — ¿Señor Albareti, es usted? —le reconoció ella.

         — Sí —se le quebró la voz.

         — ¡Por favor, no corte! Lo paso inmediatamente al laboratorio.

         La música de espera.

         — ¿Hola? ¿Dante? —sonó una incrédula voz masculina.

         Tano tragó, se sonó la nariz y respiró profundo.

         — Hola Norberto. Sí, soy yo. Volví.

         Escuchó cómo su colega y amigo exclamaba, alejando el auricular. No era para menos, después de dos meses; como un antiguo pariente volviendo del más allá, literalmente hablando. A lo lejos distinguió varias voces hablando al mismo tiempo.

         — Quién es —ahora era una dura voz femenina.

         — Yo, Lucrecia, sí. No... no sabés cómo la pasé... yo...

         — No es posible —la directora del Proyecto seguía siendo tan analítica e impasible como siempre—; ¿cómo sabemos que realmente sos vos?

         — Por Dios, Lucrecia, no me torturés —le reprochó Dante, al borde del colapso emocional—; pasé dos meses de mierda, por culpa de tu puta computadora, ¡y ahora no creés que haya vuelto!

         — Qué pasó con la computadora —fue una orden más que una pregunta.

         — No me jodás más, ¿querés? Tuve que saltar de universo en universo como un pelotudo hasta que dí con la ecuación correcta. ¡Cómo vino a fallar así la compu, decime!; podría estar muerto flotando en el Limbo.

         — Está bien, calmate, no dés datos por teléfono.

         — ¿Que no dé...? —Albareti no lo podía creer—. Mirá, me voy a casa, no quiero oirte más; si no me creen, me ven allá y listo.

         Y colgó antes que la directora le ordenara más nada. Podían irse todos al carajo.

         Pagó y salió. Cruzó el Parque Central y tomó por Avenida Argentina.

         — ¡Dante! —escuchó de pronto que le llamaban, a su derecha.

         En la puerta del Banco de Neuquén estaba su amiga y amante Tamara, de traje azul, ayudando a una viejita con el cajero automático.

         — Tamara... —respondió él, apagadamente, algo anonadado.

         La chica se acercó.

         — Qué pasó ¿eh? No me llamaste más, y no me querés contestar al teléfono —le reprochó—; te desapareciste del mapa. Creo que me merezco una explicación ¿no?

         Tano se derrumbó. La abrazó, o más bien se abandonó sobre ella, y largó el llanto.

         Tamara quedó con los brazos abiertos, sorprendida. Después, lentamente, lo abrazó también.

 

         09:50 hs.

 

         Llamó al portero del edificio. Don Cristóbal le abrió, observándolo sorprendido. Dante, aún abatido, le explicó que recién volvía de un viaje, y que había olvidado las llaves, con lo cual aquél pareció aún más extrañado.

         En su piso, acudió a doña Olivia, su vecina de confianza, que tenía una copia de la llave de su departamento por cualquier cosa, quien también lo miró algo asombrada. Albareti le dijo que después le explicaría. Lo único que quería ahora era meterse en la bañadera y permanecer allí con la mente en blanco.

         Pero antes de alcanzar a llenar la tina sonó el timbre de la puerta. Suspiró resignado. Sabía que vendrían a buscarlo inmediatamente.

         Así con la bata de baño, abrió. Eran Norberto, Elías y Lucrecia, que ni habían alcanzado a quitarse los delantales blancos del laboratorio.

         Se quedaron allí, mirándose sin hablar. Sus colegas se hallaban estupefactos.

         — Dante —habló Norberto al fin, como si le faltara el aire— sos vos.

         — ¿Y quién más? ¿ahora me creen?

         Sus compañeros se miraron indecisos, y dirigieron la vista al pasillo. Había alguien más.

         También de guardapolvo, y con las llaves del departamento en la mano, apareció Dante Albareti.

         Dante, el Dante en bata de baño, el Dante perdido que en realidad no había llegado a su propio universo, sino a otro paralelo, retrocedió errático hasta la mesa ratona; allí había dejado el Transportador; al verlo, lo tomó compulsivamente. Lucrecia reconoció el artefacto y supo qué intentaba el visitante; con rapidez de reflejos se adelantó y se lo quitó; Tano estiró el brazo para recuperarlo.

         Los demás ingresaron y se armó una breve refriega hasta que el Dante perdido se abandonó en su sillón, su sillón paralelo, con un ataque de nervios.

         La puerta del pasillo había quedado abierta, y la vecina salió a ver qué era todo aquel batifondo. Se asustó al ver a los dos Dantes. El de guardapolvo, el legítimo de ese mundo, le inventó que su hermano acababa de llegar de visita, y cerró la puerta.

         La directora esperó a que el Albareti visitante se calmara, y se sentó frente a él.

         — Dante, mirame, Dante.

         — ¿A quién le hablás? ¿a mí o al otro? —le espetó, con la voz quebrada pero sarcástico.

         Lucrecia asintió, conforme.

         — Veo que ya estás mejor; —y dirigiéndose al otro— Dante, prepará café para todos. Menos a él; hacele un tilo.

         El Tano local protestó algo, pero finalmente se fue a la cocina, acompañado por Norberto, que le hablaba amablemente. Parece que había más de un conmocionado en la vivienda.

         Lucrecia volvió su atención al visitante. Lo observó, moviendo levemente la cabeza, evaluando la situación; hasta la inquebrantable directora parecía anonadada.

         — Devolveme mi Transportador —dijo Albareti—, quiero irme de aquí.

         Lucrecia le dio el aparato a Elías, sin quitarle la vista de encima al visitante.

         — Ni en pedo —fue su respuesta, en un inesperado lenguaje procaz, impropio de ella. Estaba realmente alterada con todo el fenómeno, bajo esa apariencia serena.

         Dante miró a Elías, y quiso pararse. La directora se anticipó incorporándose y reteniéndolo en el sillón, suave pero firmemente con la mano en el hombro.

         — Mirá Albareti, podemos hacerlo fácil o difícil —habló ella en tono intimidante—.  En este momento vos no estás en condiciones emocionales para decidir nada. Y legalmente tampoco: a fin de cuentas, sos un intruso en este universo.

         Tano no podía creer lo que escuchaba.

         — Pero Lucrecia, ¡soy yo! no me podés hablar así.

         — ¿Ah, no? andá a reclamar a la gente de tu propio mundo entonces. —la directora se volvió a sentar—  Pensá un poquito, por favor. Hace décadas que se viene con la investigación científica más importante del milenio, a pura teoría y recién en los últimos años empezando con experimentos, y de pronto nos cae del cielo un clon venido de otro universo. ¿No te parece razonable de nuestra parte querer saber un poco de vos y cómo diablos pudiste llegar aquí?

         — Lucrecia, hace dos meses que ando perdido, y el lunes es veinticuatro...

         Ella lo miró extrañada. De pronto comprendió.

         — Claro. Es entendible. Supongo que todos queremos estar en casa en Navidad.

         El otro Dante vino de la cocina con las infusiones, pero se quedó a cierta distancia. Elías tuvo que alcanzarle la taza de tilo al visitante.

         — Vamos a intentar una cosa —propuso Lucrecia, sopesando las palabras—: nos vamos al laboratorio ahora mismo, y nos ponemos a trabajar para mandarte de vuelta a tu mundo. Eso va a ser mejor que si vos estás solo en tu cápsula, tratando de hacer las cosas por tu cuenta sin ayuda; y por lo que me decís, no te fue muy bien que digamos. Mientras, te ponemos un grabador delante y nos respondés todas las preguntas que te hagamos. Qué te parece.

         Albareti probó su tilo; no tenía azúcar.

         — Supongo que no tengo opción.

         — No. Ya te dije que esto lo encarábamos por las buenas o por las malas. —La directora se levantó y miró su reloj— Muchachos, vayan avisando a sus hogares que hoy hay horas extra. Vamos a necesitar mucho café esta noche, porque posiblemente nadie va a dormir, por lo menos no hasta que tenga sobre mi escritorio un plan de acción consistente.

 

         16:15 hs.

 

         — ...Y al ver que el password nuevo era el correcto, pensé que ya está, que lo logré, que estaba en casa. —Tano hizo un gesto de impotencia— Pero eran más las ganas de volver que otra cosa: cómo no me dí cuenta ahí mismo que la casilla de mensajes estaba vacía, no porque yo estuviese ausente, sino porque él —y señaló al otro Dante— todos los días chequea los mensajes y los elimina, como hago yo. La casilla de mi verdadero mundo ahora debe tener acumulados como cuatrocientos mensajes sin leer, si es que el servidor no cerró ya la cuenta por falta de uso. Después llamé acá, y el resto lo saben.

         Tomó un trago de gaseosa y prendió otro cigarrillo.

         Al otro lado de la mesa, doce personas le escuchaban, tomaban notas, ingresaban datos en notebooks, consultaban libros y carpetas.

         Lucrecia tenía una simple libreta en la que anotó una última observación, y se quedó mordisqueando la lapicera, releyendo todo.

         — Así que te metiste en mi casilla —espetó el Albareti local, con cierta hostilidad.

         — No te preocupés, no mandé mensajes obsenos a tu lista de contactos como hacen los pendejos cuando encuentran un mail ajeno abierto en el cíber —le devolvió la actitud el Tano visitante—. Y decime algo; ¿qué pasó con Tamara? ¿la dejaste en banda, pelotudo?

         El otro alzó las cejas, sorprendido.

         — ¿Tamara? ¿cómo te enteraste?

         — Realmente... —intervino Lucrecia— si no fuera porque te tenemos aquí de cuerpo presente, me resultaría casi imposible creer todo lo que nos contaste.

         — Hasta yo mismo dudé de mi cordura. De hecho, todavía tengo esperanzas de despertarme de una vez de esta pesadilla.

         — Has estado bajo mucha presión —terció Norberto—; cualquiera sucumbiría mucho antes. Yo me hubiera pegado un tiro a la semana.

         Dante contempló la brasa de la punta del cigarrillo.

         — Eso también lo pensé.

         — Pero lo que me preocupa y no me termina de cerrar —continuó la directora, subrayando en la libreta—, es esto de los espectros.

         — Ya les dije, tal vez la insolación, mi estado psíquico; estaba en una situación límite; —hizo una pausa, mirando impotente todo a su alrededor— estoy todavía en una situación límite.

         Entró una secretaria, Patricia, y le informó algo a Lucrecia.

         — Buenas noticias, Dante —le animó la directora, levantándose—, parece que dieron con tu universo, matemáticamente hablando, claro, y gracias a toda la cantidad de información almacenada en tu T-Cero. Me voy a Informática a ver; vos descansá un rato, que después tengo muchas preguntas todavía; —y mirando a la concurrencia— y supongo que todos tendrán también sus inquietudes. Pero ahora, a almorzar.

         Albareti miró el reloj en la pared de la sala de reuniones: había estado allí hablando y respondiendo preguntas durante cinco horas seguidas.

         Todos salieron; sólo permanecieron con el visitante Norberto y Samira, sus dos amigos más cercanos; o del otro Tano en realidad.

         Antes de salir, Elías le informó que le traerían la comida directamente allí.

         Dante no pudo evitar observar con sarcasmo, que habían puesto un guardia de seguridad custodiando en el pasillo.

         — Todo esto está mal... —concluyó, pesimista.

         — ¿Qué está mal? —preguntó Samira—; no te preocupés, que estamos a pleno trabajando en esto.

         Albareti aplastó la colilla de su cigarrillo en el cenicero. Tomó el paquete, pero se dio cuenta que ya no le quedaba ninguno.

         — No, no. Estamos cometiendo un inmenso error. Todos me miran como bicho raro, y me tienen desconfianza... me tratan como a un alienígena que apareciese diciendo que es embajador de una civilización extragaláctica. Miren a ese guardia en la puerta, ¿no es Luis Castillo? ¿le vieron la cara que tiene? pareciera que lo hubieran puesto a custodiar a un jerarca nazi en Nüremberg. Y mi otro yo, cero onda; no le gusta un carajo que esté yo metido en "su" universo.

         — Bueno, nosotros somos tus amigos, y te ayudaremos lo mejor que podamos —objetó Norberto.

         — Ustedes tienen a su propio Dante, no tienen que complicarse la vida con otro más. Fuimos todos una sola cosa hasta la separación en dos universos hace unos meses; pero a partir de allí cada uno por su lado. —Tano se levantó de la silla con dificultad; tenía las piernas entumecidas—  Esto de investigar la quinta dimensión es muy científico y todo lo que querás, pero ¿qué pasará cuando los mundos empiecen a relacionarse? surgirá la misma desconfianza mutua que ví hoy en el rostro de todos ustedes; y de ahí al miedo hay un paso; y del miedo a la xenofobia y la psicosis colectiva; y con razón: ¿se creen que los gobiernos no querrán aprovecharse de las infinitas posibilidades de todo esto para sacar partido? mirá lo que pasó con el descubrimiento de América sino; y esto sería el imperialismo a escala jamás imaginada; se va a ir todo a la mierda.

         Norberto y Samira se miraron incómodos, y de pronto dirigieron la vista a la pared de la derecha. Allí se encontraba la cámara de seguridad; Dante comprobó que estaba prendida, registrando todo; lo tenían bajo observación como si fuese un espía enemigo prisionero.

         — Idea de Lucrecia, o Elías, supongo —movió la cabeza—. Díganme la verdad, ¿me van a dejar marchar de este mundo, así como así?

         Norberto bajó la vista al suelo, enrojeciendo.

         — Lo siento, Dante... —Samira se quebró, y salió de la sala.

         Albareti se dejó caer en su silla.

         — Está bien —musitó, con un hilo de voz—, está bien. Andate vos también Norberto, por favor.

 

         Sábado 22. 18:30 hs.

 

         — Lo siento, Dante, órdenes del Ministerio del Interior —fue la previsible respuesta de la directora, después de veinticuatro horas de diálogo estancado—; ya no está en nuestras manos; ahora se considera todo esto un tema de seguridad nacional. Culpa de tu hermanito gemelo, que buchoneó antes de tiempo; nos traicionó a todos. —Y mirando a Tano con reproche— Ustedes dos tienen los mismos genes y la misma cabeza, así que, básicamente, es culpa tuya. Mañana llegarán de Capital altos funcionarios que se harán cargo de todo en forma directa.

         Lucrecia Hager estaba visiblemente contrariada. Dante intuía que no era porque ese anuncio lo perjudicara a él; estaba furiosa porque le quitaban a ella el control de su proyecto.

         — Siempre fue un tema de seguridad nacional, Lucrecia. No soportás la idea de que en realidad te usaron todo el tiempo. Que nos usaron a todos, en tu mundo como en el mío. Y en el fondo lo sabías ¿verdad?

         — Da lo mismo. Me mandaron llamar a Buenos Aires y esta misma noche salgo en un avión del Ministerio. Parece que no serás el único en pasar Navidad lejos de la familia.

         — No me jodás; vos nunca tuviste familia, Lucrecia. Tu única familia éramos nosotros en este puto laboratorio —Albareti, ya muy dolido, quiso ser hiriente.

         — A eso me refería —contestó ella, sincera.

         Se levantó y salió, sin volverlo a mirar ni saludarlo.

         — Ahora es asunto suyo, señores —dijo a los dos nuevos guardias armados que había mandado la SIDE, y se fue.

         A Tano le asignaron una habitación del subsuelo, con todas las comodidades, pero con rejas y cámaras de vigilancia.

         — Señor Albareti, vamos a cerrar la puerta con llave —le anunció uno de los agentes de inteligencia, con una amabilidad protocolar imprevista, pero sin quitarle los ojos de encima, que parecían perforarlo, intimidantes; sin duda, habían reasignado a los mejores elementos de la región—. Si necesita algo, nos llama, que siempre habrá uno de nosotros en el pasillo, atento a todo. A las ocho se le proveerá la cena.

         — Proceda... —musitó Dante, derrotado.

 

         Domingo 23. 03:00 hs.

 

         Frenó bruscamente mientras pegaba un rápido y desesperado volantazo. En medio del chirrido de neumáticos el auto giró y quedó en el carril contrario de la ruta.

         Despertó y vio un gran resplandor que provenía de la puerta. Se acercó y miró por el vidrio enrejado. Allí en el suelo, del otro lado, yacía uno de los guardias, inerte; tenía su arma reglamentaria en la mano derecha.

         Desde el fondo del pasillo venían lentamente, flotando, los tres espectros negros sin rostro.

         Albareti retrocedió, horrorizado, mientras la luz aumentaba hasta convertirse en un destello enceguecedor.

 

         Lunes 24 de diciembre, 2007. 16:00 hs.

 

         Tano abrió los ojos y vio un rostro conocido.

         Era Norberto.

         — ¡Está conciente! —exclamó éste, aliviado—; ayúdenme a sacarlo de aquí.

         Dante sintió que lo alzaban. Entonces se dio cuenta de que tenía puesto un casco.

         Estaba vestido con el traje presurizado, y lo sacaban de la cápsula. Allí se hallaban Elías, Samira, Martín, llevándolo cuidadosamente, en la Sala de Pruebas del laboratorio.

         Entonces, todo fue un sueño.

         Se había desvanecido y la prueba no resultó. Jamás viajó al Limbo.

         Le quitaron el traje y en una camilla el doctor Sandermann lo examinó.

         — Pero si está bien —concluyó, sorprendido—, no tiene ninguna herida, y todos los signos vitales normales. ¿Cómo te sentís?

         — Bien, muy bien —contestó Albareti—; mejor ahora que desperté de la pesadilla.

         — ¿Qué pasó contigo todos estos meses? —le preguntó Norberto—; te dábamos por muerto y desaparecido.

         — La doctora Hager ya viene para acá —anunció Elías, con el teléfono en la mano.

         — ¿Meses? ¿qué meses? —Dante no entendía.

         Entonces vio su traje, extendido en la mesa. Estaba todo manchado de rojo sangre.

         No había sido un sueño.

         — ¿Dónde estoy? —preguntó, temeroso, angustiado— ¿volví realmente o es este otro laboratorio?

         — ¡Delira! —exclamó Samira.

         El doctor movió la cabeza, negando.

         — Déjenle espacio; esperen a que se recupere, sólo está algo confundido. Tráiganle agua fresca. Y que preparen todo en enfermería para un examen.

         Entonces Tano vio, en el fondo del laboratorio, a donde nadie miraba, los tres espectros. Uno alzó lentamente una mano, y se desvanecieron.

         Si no lo había soñado, entonces quería decir que esos entes, de donde quiera que vinieran, hacía un mes que lo perseguían, no para cazarlo, sino para rescatarlo y devolverlo a su propio mundo. Tal vez para reestablecer el orden natural del universo.

         ¿Era posible que tuviese fundamento aquella frase que cuestionó, debatiéndose en la larga soledad de náufrago, que rezaba "las cosas como Dios manda"?

         — ¿Qué... qué día es hoy? —preguntó.

         — Veinticuatro de diciembre, Dante —le contestó Norberto—. Llegaste como un regalo.

         — Estábamos a esta hora acá de casualidad —continuó Martín—; ya todo el mundo se fue a hacer las compras de último minuto.

         — Creo que hay dos niños y una ex para quienes éste será el mejor regalo de Navidad —concluyó Samira, algo emocionada.

         — Mis hijos —Albareti apenas podía articular palabra—. Por favor, dénme un teléfono.

 

 

 

 

 

Epílogo

 

         Jueves 24 de abril, 2008. 16:30 hs.

 

         Una vez que dejó atrás Neuquén y Cipolletti, Tano prefirió conducir por la ruta vieja, con mayor tranquilidad, para no sumergirse en la vertiginosa 22.

         Entre chacras, disfrutó de esa sosegada tarde gris donde los álamos amarillos regaban de hojas otoñales el angosto y algo descuidado camino alternativo que llevaba a la ciudad de  General Roca.

         No tenía prisa. Después de la increíble aventura que sufrió, errando de universo en universo durante más de dos meses, finalmente había renunciado al proyecto, en enero, y actualmente se hallaba inactivo. Tendría que ir pensando en reorientar su trabajo: retomar sus antiguas cátedras en la Facultad de Ingeniería en Neuquén, participar en programas de investigación en INVAP u otros organismos; tal vez irse al exterior; aunque ahora prefería dejar esta rentable posibilidad como último recurso, pues no deseaba alejarse de Dani y Luciano.

         Dudaba mucho de que el Proyecto Hidra continuara. Norberto y Samira le habían confesado que en el laboratorio estuvieron todo el verano intentando reabrir el portal al Limbo sin éxito alguno. No podía demostrarlo científicamente, pero estaba seguro de que los espectros que lo habían devuelto a su propio mundo tenían algo que ver en ello. Y, oh casualidad, después de seis años de trabajo fructífero, al Congreso se le ocurrió recortar el presupuesto anual para el ministerio, y en consecuencia, para el programa, sin que el Presidente Balza protestara demasiado.

         Mucha coincidencia, justo después de todo lo que había sucedido. Pero Dante estaba conforme: era lo mejor que podía ocurrir.

         Ingresó al fin a Roca, hasta el complejo llamado Ciudad de las Artes.

         En los pasillos del Instituto Nacional Superior de Artes, los estudiantes ingresaban o salían de sus clases de música, teatro o cine. Divisó a un viejo profesor conocido suyo que daba clases en Neuquén en su época.

         Recordando aquellos tiempos, no tan lejanos, consideró seriamente la idea de retornar a las aulas, a las actividades más abiertas y sobre todo menos secretas y riesgosas, de embeberse de la renovadora, espontánea y vital energía de la juventud universitaria.

         Tenía que empezar a simplificar su vida. Y rehacerla.

         En una mesa del barcito del Instituto la vio.

         Maya Bleu, adjunta de la cátedra Producción II, de la carrera de Cine. Con otra ropa, pero el mismo peinado, y con un bolso muy parecido al morral con que la vio en Dinawood. Sola, absorta revisando su carpeta.

         Y tan, tan hermosa.

         Cómo no se iba a acelerar su corazón al verla.

         Maravillosa internet: así como, en el otro mundo, descubrió en pocos minutos la residencia de Bin Laden en Miami, aquí también, introduciendo el nombre y apellido de su amada en el buscador, encontró un par de datos que después, con sólo algunos días de indagación telefónica, lo llevaron a ubicarla allí, en Roca, a menos de cincuenta kilómetros de Neuquén.

         Pidió un cortado y se instaló en otra mesa cercana a ella, sacando la novela que estaba leyendo, para disimular. Realmente no sabía qué podía ocurrir. Cuando, hacía dos días, consiguió los horarios de las materias que ella dictaba, simplemente se dejó llevar por sus impulsos y ahora se encontraba allí, frente a la mujer de la que se había enamorado. Por supuesto, debía mentalizarse que aquí comenzaba todo de cero, como si recién se conocieran; de hecho, la Maya Bleu que tenía enfrente en esos momentos jamás lo había visto. Y todo podía ser muy diferente, para su desdicha; ni siquiera sabía si acá ella seguía soltera. Pero lo intentaría: aquí ambos eran nativos, por lo tanto no era un amor imposible.

         Maya, concentrada en su trabajo, paseó la mirada perdida por los techos, era de suponer que tratando de resolver algún detalle. Bajó lentamente los ojos y quedó suspendida frente a Albareti, quien desvió la vista a su libro; al volver a observarla fugazmente, se dio cuenta que ella en realidad no lo veía, abstraída en sus propias reflexiones.

         De pronto volvió en sí, enfocando sus ojos y cambiando la expresión de su rostro. Tano cruzó miradas y continuó con su lectura. Maya torció los labios con desagrado, un gesto que, él ahora sabía porque la conocía, era sólo una defensa: el supuesto rechazo se refutaba por la manera en que inconscientemente se irguió en la silla, adelantando el busto, y acomodándose el pelo y la ropa con leves toques sensuales.

         Dante tosió levemente, y volvieron a mirarse.

         Ella se sumergió en su tarea, pero él observó que sus hermosos ojos no se detenían en ningún punto específico de la carpeta: al parecer había perdido totalmente la concentración.

         Finalmente, Maya se rindió y se recostó en su silla, con un suspiro; buscó en su bolso los cigarrillos, pero el encendedor, ya sin gas, sólo emitía chispas; lo agitó y volvió a intentarlo, sin éxito.

         Oportuna casualidad. Por supuesto, Albareti aprovechó, se acercó y gentilmente le ofreció su propio encendedor.

         — Gracias —se lo devolvió ella, sonriendo levemente.

         Al volver a su mesa, Tano se topó con Susana Fernández, una profesora de Literatura que conocía de la universidad en Neuquén.

         — Albareti, tanto tiempo —saludó ella, sin detenerse.

         Él sólo alcanzó a realizar un gesto amistoso de reconocimiento, mientras la profesora seguía de largo hasta la mesa de Maya.

         Las dos charlaron un minuto, y Fernández continuó su camino.

         Maya lo volvió a mirar, ya no tan fugazmente, y, consultando su reloj, comenzó a juntar sus papeles, con cierta dificultad, pero al fin pudo acomodar la inmensa carpeta, cargó sus cosas y se fue.

         Con tanto para llevar, se olvidó el celular sobre la mesa, que había quedado oculto de su vista tras el servilletero.

         ¡Oportuna "casualidad", acto fallido o como quieran llamarlo! Dante se levantó, lo tomó y la alcanzó en el pasillo.

         — Señorita, señorita —la llamó—, se olvida el celular.

         Ella se detuvo, sorprendida, y adoptó la acostumbrada mueca de desagrado, pero al ver el teléfono comprendió.

         — Oh, qué cabeza. Gracias; ando con tantas cosas... el que mucho abarca...

         Aquí también seguía con la manía de los refranes. Al parecer, pocas cosas eran diferentes.

         — No, de nada —contestó Tano— ¿señorita...?

         — Maya —completó ella— Maya Bleu.

         — Mucho gusto; Dante Albareti.

         — Sí, alcancé a escuchar a Susana —sonrió—; ¿usted da clases con ella?

         — No, la conozco de Neuquén. Yo ando por acá esperando a un amigo —mintió.

         — ¿Está leyendo a Cortázar? —ella señaló el libro, con grata sorpresa—, es mi preferido.

         Tano ya lo sabía. Ninguna oportuna casualidad.

         — ¿Ah, sí? —simuló sorpresa él— qué coincidencia; éste es el primero que leo; muy interesante.

         — Sí, yo tengo su obra completa; hay otros títulos excelentes que... —Maya se detuvo.

         ¿Había estado a punto de insinuar que ella podía prestarle alguno?

         — No la entretengo más —Dante bajó la vista al suelo simulando timidez, para tranquilizarla—; vuelvo al barcito a ver si ya llegó mi amigo.

         — Claro. Yo me voy a clase. Gracias nuevamente por alcanzarme el celular.

         — No, de nada. Adiós —sonrió él.

         — Hasta pronto —dijo ella, sin pensarlo.

 

         18:10 hs.

 

         Hasta pronto. Hasta pronto. Repetía Albareti mentalmente, nuevamente flotando en el cielo con diamantes, mientras conducía lentamente de vuelta a Neuquén, ajeno a todo lo circundante, por esa ruta vieja que mágicamente lucía solitaria como si no existiera ningún vehículo más en el mundo capaz de perturbar su ensoñación.

         Hasta pronto. El próximo jueves volvería a aparecer por el barcito; no, mejor antes, el lunes, que ella tiene clases también, y...

         De la nada apareció en medio de la solitaria ruta, allá adelante a cien metros, una figura humana vestida con un traje blanco con casco, como un astronauta.

         Llevaba un arma de fuego y apuntaba hacia él.

         Un ruido seco en el parabrisas y un pequeño agujero, a su derecha, a la altura del asiento del acompañante.

         Tano se dio cuenta de lo que pasaba sólo cuando dos impactos más dieron cada vez más cerca de su cabeza.

         Frenó bruscamente mientras pegaba un rápido y desesperado volantazo. En medio del chirrido de neumáticos el auto giró y quedó en el carril contrario de la ruta, de espaldas a la fantasmagórica aparición. Por el espejo retrovisor alcanzó a ver al agresor, yendo a la banquina con la pistola en alto, a ocultarse entre los álamos.

         Dante debía huir de allí antes que lo matasen, y llamar a la policía para...

         ¿Para arrestar a Dante Albareti?

         ¿Un Dante Albareti que, quién sabía por qué tortuosa historia paralela, quería eliminarlo?

         Metió primera y aceleró, pero tan torpemente al soltar el embrague que el vehículo dio una brusca sacudida hacia adelante y se apagó el motor.

         Miró de nuevo hacia atrás esperando en cualquier momento nuevos impactos de bala, pero no fue a su sosía a quien vio.

         Cruzando la ruta, tres figuras oscuras flotaban dirigiéndose a los árboles donde el visitante se ocultaba, si es que no se había ido ya, gracias al Transportador.

         Tano intentó encender el motor, sin lograrlo.

         Recordó la mañana de aquél lunes  de octubre, horas antes de la prueba en el laboratorio, cuando se topó con el Scania al cruzar la Multitrocha, y había quedado exactamente igual, así, con el auto detenido.

         Como si la historia se repitiese.

         Igual que ese sueño que tenía siempre.

         Abrió la boca espantado.

         Algunas especulaciones sobre los fantasmas afirmaban que las muertes repentinas y violentas dejaban a las víctimas como almas perdidas, vagando sin saber que habían muerto, siguiendo una ilusión de vida atormentada y confusa.

         Como tras un choque fatal.

         O por un asesinato.

         Gritó. Pero todo seguía allí, tan material, tan real como siempre...

         ¿Realidad, ilusión? ¿Sueño, pesadilla, locura?

         Maya.

 

 

 

 

FIN

 

_________________

 

 

 

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publicado por lintzbonin a las 13:45 · 1 Comentario  ·  Recomendar
 
Comentarios (1) ·  Enviar comentario
Excelente novela de Cristian, la fantasía, la realidad y la historia se entrecruzan en un dinámico juego de idas y vueltas a través del tiempo y los paradigmas políticos y sociales en el mundo pero sin salir de la Patagonia. Ojalá se publique en papel.
publicado por Daniel Bello, el 09.10.2012 17:07
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